PONIENDO LÍMITES EN NUESTRAS RELACIONES


Si ha llegado el momento en que te sientes presionado u obligado a complacer a otra persona, si sientes que tu tiempo y espacio no son respetados por los demás o alguien en particular, es que definitivamente no has sido capaz de entender y hacer entender a los otros, que en toda relación deben existir ciertos límites sobre lo que se permite o no debe permitirse. Y por supuesto, cada quien ha de tener claro hasta donde define sus límites, para que pueda sentirse equitativamente tratado en las relaciones que participa.

Como he afirmado en otros artículos, pertenecemos a un mundo donde sería imposible vivir sin relaciones. De cualquier forma, siempre vivimos compartiendo con otras personas y cada una de estas relaciones son de una determinada manera e importancia. Así, hablamos de las relaciones familiares en general con padres, hijos, hermanos y relativos; relaciones de pareja, de amistad, laborales, sociales y políticas. El hecho es que dadas las características e importancia de estas relaciones, la manera como las llevemos va a ser fundamental para el logro de objetivos comunes y acuerdos, que resulten beneficiosos para las partes involucradas, o por el contrario, nos lleven a sentir que una o más relaciones en la que estamos involucrados se ha convertido en una carga o en un permanente malestar, que nos agobia y genera desdicha en nuestra vida. Entonces nos escuchamos y sentimos haciendo generalizaciones como que “las personas abusan de uno”, “a uno no le hacen caso ni lo respetan”, “porque es que ellos abusan de mi”, que no se puede decir que NO cuando se trata de los hijos, del jefe, de la pareja, etc.

Por supuesto que hay relaciones que nos vienen “impuestas” como son las familiares y otras en las que incursionamos por decisiones que vamos tomando en nuestras vidas. Lo importante es que bien sean impuestas o debido a las decisiones o circunstancias, hay tener en cuenta que estamos en el derecho de manejarnos asertivamente en lo que se refiere a los límites, que tácita o claramente definidos hemos de poner en cada una de nuestras relaciones, en aras de hacerlas funcionales, agradables y beneficiosas.

LA ASERTIVIDAD, EL EQUILIBRIO ENTRE LA PASIVIDAD Y LA AGRESIVIDAD
En las relaciones nos movemos, al igual que en la comunicación, dentro de una polaridad que tiene por un lado un comportamiento pasivo, donde la persona permite cosas que no quiere permitir, acepta de otros insultos, imposiciones, reglas; no dice lo que quiere decir y no es capaz de hacer valer su posición o punto de vista ante cualquier situación. En el otro polo está el comportamiento agresivo donde la persona, si bien no permite el abuso del otro, actúa con agresividad, la persona antepone y defiende sus derechos de una manera ofensiva, deshonesta y/o manipulativa, pasando por encima de los derechos de los demás. Trata de imponer su punto de vista a través de la dominación, utilizando técnicas de degradación, humillación, manipulación, etc.
Es lógico suponer, que en ambos extremos a la larga las consecuencias suelen ser negativas, por un lado termino cargándome de resentimientos y sentimientos de minusvalía, al permitir que los otros abusen de mí, mientras que por el otro, termino siendo rechazado de tantas tensiones que mi comportamiento va generando en las relaciones.

En el punto intermedio de esta polaridad está la llamada ASERTIVIDAD, que no es otra cosa que el comportamiento que nos permite hacer valer y defender nuestros derechos, sin violar o alterar los derechos de los demás. Y esto último es muy importante tenerlo claro, dado que muchas veces un comportamiento asertivo puede generar molestia en el otro, si éste ha estado acostumbrado a una actitud pasiva ante sus demandas, pero al actuar y pensar asertivamente no nos hacemos responsables de su molestia, por lo tanto será su problema y responsabilidad manejar su molestia. También hay que tener claro que, saltar del polo pasivo al polo agresivo, aunque sea por cansancio y explosión ante el abuso exagerado, nos pondría en la misma situación que hemos estado rechazando ante los demás.

De manera que la conducta asertiva implica la expresión directa de nuestros sentimientos, pensamientos y necesidades, respetando los derechos de los demás. Específicamente cuando se trata de poner límites, primero tenemos que tener claros nuestros derechos y que éstos son tan valiosos como los demás piensan que son los de ellos. Así por ejemplo es muy asertivo decirle a la mamá, “entiendo que te sientas sola o quieras mi ayuda, pero hoy voy a salir con mi esposa”, o al hijo, “ahora quiero descansar y no voy a prepararte la cena”, o a la pareja, “está bien, este fin de semana vamos a visitar a tu mamá y el otro fin de semana nos vamos a la playa…”. En lugar de actuar pasivamente y quejarse del agobio en que lo tiene la mamá, el hijo, la pareja, etc.

LO QUE PASA ES QUE EL (ELLA) ME MANIPULA
Es muy común escuchar en algunas personas que aceptan pasivamente los abusos de otros que lo que sucede es que “él, ella o ellos, son unos manipuladores”. Lo cual generalmente es cierto, pero igualmente cierto es que no es posible manipular a quien no se deja manipular. Y aquí vale la pena hacer una distinción. Una de las herramientas o habilidades que desarrollamos muy bien desde pequeños es el arte de la manipulación, que sencillamente utilizamos las personas para obtener un beneficio o mantener uno que ya poseemos. De manera que todos manipulamos o hemos manipulado a alguien en alguna oportunidad, bien sea porque era la mejor herramienta que teníamos en el momento o por costumbre o hasta de manera inconsciente.
Cuando hablamos de manipulación en las relaciones, generalmente y desde mi juicio, ésta será mucho más efectiva cuando quien manipula logra que la otra persona sienta culpa o miedo de lo que pueda suceder si no actúa en consonancia con las demandas del manipulador. Algunos se valen del vínculo afectivo para la satisfacción de sus propias necesidades, sin tener en cuenta las de los otros. Entonces el niño manifiesta que no es querido, el adolescente amenaza y actúa asumiendo riesgos exagerados, la pareja manifestará que no se siente atendida, la madre se quejará del abandono de sus hijos, etc. y el manipulado actuará evitando la culpa, huyendo del miedo, pero jugando por su parte a ser la victima, que sin querer o queriendo, consciente o inconscientemente, se traduce también en una manipulación.
Asumir el riesgo y enfrentar el miedo es una manera responsable de evadir la manipulación. De igual manera aceptar que poner límites NO es hacer daño a los demás, entonces cualquier cosa que le suceda al otro, más específicamente hablando de adultos, independientemente del vínculo, no puede ser nuestra responsabilidad y por ende no tiene lógica asumir la culpa de lo que pueda ocurrir.

LAS CREENCIAS LIMITADORAS Y EL MIEDO
Es necesario hacer una revisión de nuestras creencias, principios y valores, para prepararnos de una mejor manera a la hora de establecer los límites. Ya que muchas de las cosas que aceptamos, vienen aprendidas con creencias adquiridas desde nuestra infancia y que no vamos a cambiar a menos que empecemos a cuestionarlas. Por ejemplo, es común el abuso de adolescentes e hijos adultos que aun viven en la casa materna y tratan a la madre como su esclava y ésta se queja pero hace manifestaciones como “¿y qué puedo hacer? para eso estamos las madres” o “una madre siempre debe ser tolerante con sus hijos” o “hay que ser madre para entender eso”. Si bien es cierto que el amor de madre es el único que para muchos ha sido catalogado como “amor incondicional”, también es cierto que aceptar y tolerar lo “inaceptable” no es un sinónimo de amor.
Otro ejemplo también muy común es el abuso de la madre hacia el hijo o hija, cuyas exigencias van mucho más allá de lo que normalmente él o ella puede dar sin que se vea afectada su autonomía como ser adulto, su derecho a crecer como persona, a vivir en pareja, a tener una familia, etc. Y escuchamos a este hijo o hija lamentándose pero afirmando “es que por encima de todo primero está la madre” o “la hija hembra debe servir a la madre”. Pero, aunque suene duro para quien defiende este tipo de creencias, la verdad es que todo apoyo ha de hacerse sin descuidar los derechos propios. Por ende se han de reemplazar las creencias por otras como por ejemplo “apoyar a mi madre no significa ser su esclavo”, en lugar de quejarse después y hacer responsable a la madre, por ejemplo, de su fracaso matrimonial o de su incapacidad para establecerse en una vida de pareja.
Por otro lado, está el miedo a lo que tememos que pudiera ocurrir si decidimos tomar acción y poner el alto a lo que venimos tolerando. Aquí surge el sentimiento de culpa, sobre todo cuando se trata de situaciones familiares y más específicamente con los padres o hermanos. O este miedo es aún más acentuado cuando se trata de poner límites a la pareja, por la creencia de que podamos estar peor si se llega a romper la relación, o con los hijos, por el temor que les pueda pasar algo malo por su falta de madurez. En todo caso, siempre vale la pregunta repetida tantas veces como sea posible ¿Qué pasaría sí...?, para llegar al temor más grande y descubrir que lo peor que podría pasar suele ser exagerado y bastante improbable.

ACLARANDO LOS LÍMITES
A la hora de establecer los límites es importante que queden bien claros para las partes, así como lo que estaremos dispuestos a hacer si éstos son desbordados. Por supuesto que en toda relación estamos ante una o más personas que tiene sus propias creencias, actitudes y estilo, y que no podemos pretender que todo sea en base a un ideal. Lo que si es importante es precisar lo “inaceptable” en relación al proyecto de vida de cada quien.
Como ya fue expuesto, poner límites no tiene nada que ver con la agresividad, sino con hacernos respetar asertivamente. Se trata de ser sinceros cuando se pide que se nos respete.
Toda relación por íntima que sea tiene que tener límites o parámetros. Para poder establecer relaciones que nos sean satisfactorias y para poder arreglar las conflictivas es necesario examinar nuestros límites. La gente llega a abusar de nosotros hasta donde nosotros mismos les damos permiso. De manera que será necesario hacer una reflexión y precisar todas aquellas cosas que estamos permitiendo de los otros que nos gustaría cambiar, o al menos que NO estamos dispuestos a seguir aceptando. Y eso puede hacerse independientemente del tipo de relación en que estemos involucrados.
• Vivir en pareja no significa que hay que perder u olvidarse de los proyectos personales, hobbies, amistades o familiares, siempre que éstos no choquen con los objetivos y el proyecto común de la relación. Tampoco significa que uno de los dos tenga, por imposición del otro, que hacerse cargo de algo que NO quiere hacer o no ha sido acordado por ambos.
• Ser madre o padre no nos da el derecho de abusar o coartar la libertad de nuestros hijos, pero tampoco lo tienen ellos de abusar de nosotros o coartar nuestra libertad. Por mucho amor que se pueda tener hacia un padre y por supuesto aún mayor hacia un hijo, siempre será necesario aclarar y poner los límites.
• En un contexto laboral, aceptar maltratos o humillaciones de un superior no nos garantiza que permaneceremos en el empleo, sin embargo sí garantiza que el maltrato y abuso se harán más fuertes. Por ende, bien vale la pena actuar asertivamente para hacer vales nuestros derechos, porque aunque siempre exista el riesgo de ser despedidos, más posibilidades hay de que seamos respetados y tratados como justamente nos merecemos.

Recordemos que siempre seremos responsables de las cosas que permitimos a los demás. Por lo tanto depende de cada uno de nosotros generar los cambios en lugar de quedarnos en el lamento esperando que los otros cambien. Por supuesto es cierto que muchas veces, aunque nos demos cuenta y estemos conscientes del abuso, no contamos o creemos no contar con las herramientas para salir de la situación agobiante, en cuyo caso siempre estará la alternativa de buscar la ayuda terapéutica. No es necesario llegar a situaciones críticas o extremas para decir “ya basta” o aprender a decir NO. Simplemente se trata de buscar un adecuado equilibrio en todas y cada una de nuestras relaciones.

Gerardo Velásquez

EL MAL HÁBITO DE VIVIR EN LA QUEJA


Si nos detuviéramos un poco a revisar las cosas buenas que rodean nuestra vida, seguramente muchos quedaríamos sorprendidos al ver aspectos de nuestra vida que son muy valiosos y que sencillamente aceptamos como “normales” sin darnos cuenta que esa “normalidad” no es así en el común de las personas.
Elementos como la salud, techo, comida, vestido, agua, electricidad, familia, amistades, no siempre están presentes en todas las personas, de manera que los que tenemos la dicha de contar con ellos, tenemos motivos para celebrar. Si agregamos otros como un trabajo, tiempo para disfrutar, el dinero suficiente para cubrir las necesidades básicas o algunos bienes materiales, entre otros, las razones para dar gracias a la vida se incrementan.

Sin embargo, a pesar de todas estas cosas buenas que tenemos, muchas personas viven en un permanente lamento y se empeñan en resaltar todos los aspectos negativos que se les pueden presentar como consecuencia lógica del devenir de la vida. Quieren tener un carro, pero les molesta pagar el seguro o el mantenimiento, quieren vivir en pareja, pero se quejan de los defectos de la que tienen, deciden tener hijos y se quejan de los hijos, no les gusta el trabajo que tienen, pero en lugar de cambiarse arrastran los pies para ir a trabajar, y así se les va el tiempo quejándose de las cuentas por pagar, del calor, del frío, de la sequía, de la lluvia, del jefe, de los compañeros de trabajo, etc. etc.

El problema se torna más serio, porque las personas “adictas” a la queja no suelen reconocer que han hecho de la queja un estilo de vida, un hábito dañino que les coarta la posibilidad de disfrutar y vivir la vida de una manera más plena y agradable, haciendo no sólo su vida insoportable, sino la vida de sus seres queridos más cercanos quienes no encuentran la manera de lidiar con esas actitudes y algunas veces optan por apartarse, cansados de intentos frustrados de generar un cambio.

Abrir Posibilidades y Pasar a la Acción
No podemos confundir la insatisfacción con la queja, históricamente es la insatisfacción la que ha movido a la gente a cambiar. A crear cosas, soluciones, inventos, mejoras. Por lo tanto la insatisfacción suele ser saludable cuando se convierte en la motivación a la superación. Ahora, deja de ser saludable cuando se queda estancada en forma de queja y no de acción creativa para la mejora de nuestras circunstancias.
La queja es apartarse del problema y no reconocer que uno tiene responsabilidad para poder abordar una solución. Entonces me quejo de que estoy gordo y no cuido mi alimentación ni salgo a realizar algún ejercicio, me quejo de la rutina y no hago nada para cambiarla, me quejo de mi trabajo pero no soy capaz de buscar otro o de prepararme y adquirir nuevas capacidades y relaciones que abran el abanico de opciones.
Nada ganamos con mantenernos en la queja esperando que las cosas cambien. Es necesario asumir la responsabilidad y actuar en procura de aquello que queremos cambiar.

De acuerdo a la Física Cuántica, en la llamada Ley de la Atracción, se expresa que todo lo que está llegando a tu vida, tú lo estás atrayendo. Sin embargo, de acuerdo a esta ley nuestro cerebro no hace diferencia de que lo que estás pensando sea bueno o malo, o si lo quieres o no lo quieres. Simplemente asocia y atrae al estímulo que está presente en el pensamiento. De manera que las cosas o situaciones de las que te quejas, son más atraídas en lugar de ser alejadas. Por ende la queja pasa a ser absolutamente negativa y destructiva de toda posibilidad de cambio para bien.
Esta posición nos la presenta esta metáfora de Jean-Claude Carriére, guionista y escritor francés:
“En los tiempos de Salomón, el mejor de los reyes, un hombre compró un ruiseñor que tenía una voz excepcional. Lo puso en una jaula donde al pájaro nada le faltaba, y este cantaba durante horas y horas, para admiración de los vecinos.
Un día en que la jaula había sido colocada en un balcón, se acercó otro pájaro, le dijo algo al ruiseñor y se fue volando. Desde aquel instante el incomparable ruiseñor permaneció en silencio.
El hombre, desesperado, llevó a su pájaro ante el rey profeta Salomón, que conocía el lenguaje de los animales, y le pidió que le preguntase por las razones de aquel mutismo. Así lo hizo el profeta y entonces el pájaro le dijo a Salomón:
‘Antes yo no conocía ni cazador ni jaula. Entonces me enseñaron un apetecible cebo y, empujado por mi deseo, caí en la trampa. El cazador de pájaros que me atrapó, me vendió en el mercado, lejos de mi familia, y me encontré en la jaula del hombre que aquí ves. Empecé a lamentarme día y noche, lamentaciones que ese hombre tomaba por cantos de agradecimiento y alegría. Hasta el día que otro pájaro vino a decirme: “Deja ya de llorar porque es por tus gemidos por lo que te guardan en esta jaula.” Entonces decidí callarme.’
Salomón tradujo estas frases al propietario del pájaro. El hombre se dijo: ‘¿Para qué guardar un ruiseñor si no canta?’ Lo puso en libertad y el pájaro volvió a cantar.”


La Queja Vs. El Reclamo. Un problema de comunicación
Aparte del hábito de la queja del que hemos venido comentando. Cuando se trata de relaciones hay otra variedad que se disfraza en los supuestos reclamos.
Cuando se trata de diferencias que tenemos con otras personas con las que nos relacionamos, bien sea la pareja, familiares, compañeros de trabajo o amigos, muchas personas dirán que es necesario quejarse porque si no lo hacen pueden abusar de ellos. En este caso vale la pena traer a colación una importante distinción que una vez aprendí en mi formación como Coach Ontológico, donde se hacía una clara diferenciación entre la QUEJA y el RECLAMO, los cuales aunque parecen sinónimos, no lo son.
Cuando se hace referencia a la queja, lo que suele suceder es que la persona se lamenta y protesta porque tiene una expectativa de algo que no se cumplió o no se está cumpliendo, sin que necesariamente haya existido un compromiso previo, sino porque, por ejemplo, la persona piensa que las cosas deben hacerse de una determinada manera, porque eso “es así”, porque “al buen entendedor pocas palabras” o sencillamente porque eso “es obvio”.
Por otra parte, el reclamo, es el derecho que tiene una persona ante otra de expresar su malestar ante una promesa que no se le cumplió o, por ejemplo, ante un servicio que ha pagado. Por ende, abstenerse de quejarse no necesariamente significa soportar malas conductas o actitudes. No hay nada de malo y estás en tu derecho cuando reclamas asertivamente ser respetado, o cuando le dices al mesonero que tu sopa está fría y que necesita ser calentada. Lo importante aquí es entender bien esa diferencia y precisar lo que esperamos de los demás sin dar por sentado que ellos lo tienen claro.

Romper el Hábito
Como lo expresaba al inicio, el mantenernos en la queja es un hábito, una cuestión de actitud. Por lo tanto no es fácil darnos cuenta que estamos en él y de ahí que cambiarlo se haga más difícil, porque siempre será muy fácil encontrar algo de que quejarnos. Del clima, del tránsito, de la inseguridad, de las mentiras de los políticos, de la salud, del dinero que no alcanza, etc., etc. Pero la gran verdad es que todos tenemos muchas más cosas y motivos para agradecer.
Es necesario deshacernos de la costumbre de quejarnos y eso se logra tomando consciencia de que nos estamos quejando, para poder corregirlo. Para romper un hábito hay que procurar tenerlo lo más consciente posible y hacer cambios previamente pensados, que han de introducirse justo en los momentos en que se suelen presentar las actitudes del hábito que queremos cambiar.
Por ejemplo, puedes darte un tiempo para reflexionar sobre todas las cosas positivas que tienes y aprecias en tu vida, y cada vez que sientas ganas de quejarte (de lo que sea) lee tu lista de cosas positivas que aprecias en tu vida o piensa en algo agradable que te hace sentir feliz. También puedes encontrar siempre un lado positivo ante la queja. Por ejemplo “que trabajo tan aburrido” se puede cambiar por “que bueno que tengo trabajo” “se que puedo encontrar otro mejor más adelante”.
Manteniendo una observación especial de tus pensamientos y palabras, en lugar de la queja siempre podrás encontrar algo por qué agradecer de corazón.

El Reto de los 21 Días
Una excelente propuesta para romper el hábito de la queja lo propuso el pastor dirigente de la Unidad de la Iglesia de Cristo, en Kansas (EEUU) Will Bowen, a quien se le ocurrió crear, en julio de 2006, el "Reto de los 21 días" con el propósito de ayudar a los miembros de su comunidad a eliminar la cultura de quejarse y sus nocivos efectos.
Su propuesta fue muy simple: “Te colocas una pulsera morada con la leyenda UN MUNDO SIN QUEJAS y lo mantienes durante 21 días sin emitir ningún tipo de queja o crítica”; así sea "me duele la cabeza" o "nada me está saliendo bien". Si durante este período emites algún lamento, debes cambiar la pulsera de muñeca y debes volver a empezar”.
La mayoría de los participantes logró superar este reto, pero les tomó un mínimo de 5 meses, un tiempo que evidencia la presencia de la cultura de la queja en nuestras vidas.
En el análisis de esa propuesta destacan que muchas personas que decían que no se quejaban demasiado, con el ejercicio se dieron cuenta que lo hacían unas 20 veces en promedio al día.
Tú también puedes, usando cualquier cosa, no necesariamente una pulsera morada, asumir este reto de 21 días sin quejas, sin críticas y sin chismes. Si lo logras seguramente tendrás mejor ánimo, menos dolores, relaciones más favorables, mayor autoestima, etc.
Ya sabemos que lo único que ganamos con la queja es sentirnos peor. Es importante recordar siempre que no es la situación el problema, lo que lo convierte en un problema es la forma como la afrontamos, y en lugar de quejarnos del problema lo sano es avocarnos a resolverlo.

Gerardo J. Velásquez D.
Psicólogo

gvelasquez99@cantv.net