EL DIVORCIO Y LOS HIJOS

Salvo excepciones muy puntuales, las personas que contraen matrimonio o deciden vivir juntas, lo hacen con la intención de desarrollar un proyecto de vida juntos y pensando en el “para siempre”. Sin embargo en el camino las cosas cambian y muchos terminan divorciándose.
Las razones que conllevan a estas separaciones suelen variar, aunque en el fondo la razón al final del camino se traduce en el desamor de una o ambas partes. Desamor que no se presenta de un día para otro, sino que generalmente viene con un proceso de deterioro que por una o varias razones los miembros de la pareja han dejado avanzar. Razones que van desde la rutina, el descuido pasional, las peleas, maltratos físicos o verbales, infidelidades y hasta intromisión constante de los padres a quienes no se les ha puesto límites.
Lamentablemente, en la mayoría de los casos cuando se llega al divorcio, uno de los dos se mantiene aferrado a la negación de que la separación nunca va a ocurrir y que “las cosas pueden cambiar”, lo que suele generar que el proceso se haga más traumático de lo que ya en definitiva es.

EL PROCESO DEL DUELO
Un divorcio es uno de los duelos más difíciles de elaborar, por supuesto más duro para el miembro de la pareja que no quiere separarse, bien sea por amor, por inseguridad, creencias o baja autoestima. Por ende, en aras de evitar el contacto con ese gran dolor que conlleva enfrentar tan importante pérdida, se anclan en falsas esperanzas de que las cosas pueden cambiar y muchas veces duran hasta años en relaciones tormentosas, que están muy distantes de lo que originalmente tenían en mente acerca del proyecto del matrimonio.
Una vez aceptada la separación han de pasar por un ciclo de emociones encontradas donde surge mucha rabia, culpas y por supuesto la tristeza. Emociones que suelen mezclarse con síntomas propios de una depresión, como el llanto frecuente, el desgano y apatía, problemas de alimentación, dificultad para dormir y un gran sentimiento de desesperación y angustia de sólo pensar que ese dolor no va a terminar.
Afortunadamente, ese duelo va a ir pasando con el tiempo, más o menos rápido dependiendo de la fortaleza emocional y/o ayuda que se pueda recibir.
Sin embargo, aunque pudiera parecerlo, el duelo no es el problema mayor, sino la manera como se va a abordar la vida en los meses y años posteriores al divorcio, sobre todo cuando el matrimonio ha durado muchos años o cuando hay hijos en él.

LAS CONSECUENCIAS EN LOS HIJOS:
Si bien es muy doloroso y traumático este proceso para los miembros de la pareja y en mayor grado para quien no quiere aceptarlo o sigue muy enamorado, los más afectados son siempre los hijos, no importa la edad que tengan, quienes difícilmente van a entender las razones de la separación. Por ello
los hijos deben ser tenidos muy en cuenta cuando se va a tomar la decisión y aún más en la vida posterior al divorcio.
En estas consecuencias vamos a encontrar, por supuesto, algunos de carácter emocional y otros de índole social, que se van a mezclar para hacer más vulnerable al niño en este proceso.

En los aspectos emocionales va a influir la edad y las características propias del niño y el hogar.  Así, en los primeros años, más o menos hasta la edad preescolar pueden aparecer sentimientos de culpa, imaginándose que su mal comportamiento, no hacer las tareas o no comerse la comida por ejemplo, fueron las causas de las peleas. También suelen aparecer grandes temores a ser abandonados. En la edad de la primaria captan más fácil que tienen un serio problema pero que no saben cómo resolver o reaccionar ante el dolor y suelen mantener una gran esperanza de que los padres se pueden unir de nuevo, y actúan forzando ese reencuentro, muchas veces con grandes sentimientos de frustración por no lograrlo. Por último, los adolescentes pueden experimentar rebeldía, miedo, aislamiento y también culpa.

En lo concerniente al impacto social, podemos citar como relevantes cuando por razones económicas, laborales u otros factores, ocurre un cambio de residencia y por ende de escuela y amigos; La decisión forzada a permanecer y convivir con la madre o el padre, o con algún otro miembro de la familia; el distanciamiento que a veces ocurre con el padre y por supuesto, la aparición de parejas nuevas en los padres.

Por supuesto la combinación de estos aspectos emocionales y sociales pueden derivar en una serie de efectos negativos en el niño que se van a manifestar tanto en el colegio como en la casa, como el desarrollo de una baja autoestima, bajo rendimiento académico, dificultades sociales, problemas de comportamiento, miedos irracionales.

ERRORES COMUNES
No importa cuán grande sea la rabia que se pueda sentir contra la ex-pareja, los hijos no tienen que verse inmiscuidos en los resentimientos de sus padres.
Sabemos que es muy duro para un niño digerir la amarga realidad de que uno de sus padres ya no estará más en casa, y que, ahora tiene que conformarse con momentos limitados para compartir con el padre que ha de dejar la casa. De manera, que ya el hijo tiene en su cabeza su propio problema, que por supuesto No se lo creó a sí mismo y que No tiene idea de cómo manejarlo. Si a eso le sumamos un mal proceder de los padres, quienes son los adultos y responsables de la situación, dejamos al niño con un inmenso conflicto que le puede traer consecuencias muy negativas en su normal desarrollo emocional.
Es común que un divorcio conlleve a cierta hostilidad entre los padres y cuando esa hostilidad persiste, sin darse cuenta la empiezan a trasladar a los hijos.
Con el desconocimiento del impacto de sus acciones sobre los hijos, entonces muchos padres incurren en errores como:
  • Compartir con los hijos la rabia hacia el otro progenitor, generalmente hablándole mal del otro.
  • Utilizarlos como mensajeros en lugar de mantener una comunicación directa con su ex-pareja
  • No atender sus responsabilidades para molestar a su ex-pareja
  • Fallar en las necesidades de los hijos por estar demasiado ocupados en sus propias necesidades.
  • Dejar en la madre la mayor responsabilidad sobre el cumplimiento de normas y la fijación de los límites, que en oportunidades pone a los niños rebeldes y oposicionistas ante los requerimientos en casa y colegio

ANTES Y DESPUÉS
Si es un hecho la separación, es necesario entender que los hijos van a vivir también dos procesos, su propio duelo y el cambio irreversible en su nueva vida. De cómo sea llevado ese antes y después por ambos padres, va a depender un sano o traumático andar para los hijos.
No soy de la opinión que los hijos de padres divorciados están condenados a sufrir de problemas emocionales o asociados. En otras palabras, aunque evidentemente el divorcio aumenta esa vulnerabilidad, lo preponderante va a ser cómo los padres van a comportarse y actuar respecto a los hijos, independientemente de las diferencias que los llevaron a su separación.

Hablarles directamente
Al momento que estén decididos, aunque esta decisión sea unilateral, hay que hablar con los hijos y dejar claro que, primero que nada ellos no tienen culpa alguna en lo que está ocurriendo, destacando que son problemas que ellos no pudieron resolver y han decidido que lo mejor es la separación y en segundo y no menos importante lugar, aclarar, que independientemente de la decisión, ambos seguirán siendo sus padres y seguirán queriéndolos, sin importar que no van a seguir viviendo juntos

Se les ha de especificar que el divorcio es un cambio y que aunque las cosas de alguna manera serán diferentes, no significa que ahora serán malas, sino sólo diferentes y que los cambios también brindan nuevas oportunidades.

LA CONGRUENCIA POSTERIOR
Por supuesto estos mensajes no serán suficientes si no se acompañan con las acciones respectivas. Hay que actuar congruentemente con lo que se está trasmitiendo.
Lo ideal será que la función parental sea compartida por ambos padres, de lo contrario causará ambivalencia en los hijos. Si el ambiente que rodea al niño es favorable, es decir que sus padres pueden ejercer juntos la paternidad, muestran un comportamiento consistente frente al niño y evitan discusiones frente a éstos, los hijos lograrán adaptarse bien al divorcio. Por el contrario, si fallamos en las promesas, en el contacto afectivo, o peor aún no logramos solventar la rabia y resentimiento hacia el otro, aún sin querer, trasladaremos esos sentimientos a los hijos.

Para terminar es importante entonces recordar que, nadie piensa que se va a divorciar cuando decide casarse. Mucho menos que va a tener hijos para hacerlos pasar por ese dolor, pero la realidad es otra y muchas veces ese proyecto llega a un prematuro fin y los hijos son absolutamente inocentes, pero pueden ser los más afectados. Por ende, hay que recordar que si hay o hubo problema es con su pareja y no con sus hijos y si no hay más remedio que el divorcio, siempre será preferible una separación amistosa que una conflictiva, por el bienestar y seguridad de los hijos.

Gerardo J. Velásquez D.


CAOS, INCERTIDUMBRE Y ANSIEDAD


Sentirse nervioso o ansioso ocasionalmente forma parte de la cotidianidad de la vida que nos toca vivir, pero cuando este nerviosismo o ansiedad se vuelve recurrente y empieza a interferir en nuestro día a día, —en el trabajo, en las relaciones familiares y sociales y, en consecuencia, en nuestro disfrute—, es probable que estemos ante un problema de salud denominado trastorno de ansiedad.

Estos trastornos pueden manifestarse de forma crónica, en cuyo caso se denominan trastornos de ansiedad generalizada, donde la persona afectada muestra una preocupación constante por todo, esperando siempre lo peor, incluso sin que existan peligros reales. Se siente tensa, inquieta, irritable y, con frecuencia, presenta síntomas físicos como dolores de cabeza o musculares, problemas de sueño, dificultades gastrointestinales y problemas de atención y concentración.

Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud en 2019, una de cada cuatro personas padece algún tipo de trastorno de ansiedad. Estas cifras no solo superan ampliamente las de muchas otras enfermedades, sino que han sido ratificadas por el aumento de los factores estresantes a los que está expuesto el ser humano.


El rol de la incertidumbre  

Aunque la incertidumbre es una característica central del entorno actual, no estamos preparados para vivir con ella. Por el contrario, hemos sido educados para movernos dentro del mayor grado de certeza posible. En una sociedad tan cambiante, en ciudades congestionadas, en un día a día lleno de noticias alarmantes, amenazas, atracos o conflictos políticos, pareciera lógico pensar que lo normal es vivir angustiados.

Sin embargo, dentro de este caos, hay un elemento que suele ser aún más generador de ansiedad: la incertidumbre. Esa agonía que aparece cuando no sabemos de un ser querido, esperamos una cirugía, sentimos amenazada nuestra estabilidad laboral, o enfrentamos situaciones más amplias como resultados electorales que podrían alterar nuestro estilo de vida o nuestra seguridad económica. La incertidumbre —económica, política o social— nos conecta con lo desconocido, y esto genera inseguridad, estrés, ansiedad y miedo. En consecuencia, se convierte en un potente detonante de crisis de ansiedad.


El extremo de la ansiedad: los ataques de pánico  
La ansiedad puede presentarse de forma intermitente, pero en algunos casos alcanza niveles que afectan profundamente el estado emocional, como ocurre en los ataques de pánico.

En estos episodios, la persona sufre crisis repentinas, sin previo aviso, con una sensación súbita de terror intenso, que dura aproximadamente 10 minutos pero deja al individuo emocionalmente agotado y temeroso. Estos ataques pueden incluir: palpitaciones, hiperventilación, dolor en el pecho, sensación de asfixia, parálisis o adormecimiento de extremidades. La persona llega a creer que va a morir, lo cual genera un temor aún mayor de volver a salir de casa, por miedo a que el episodio se repita y no haya quien le brinde ayuda.

 

Amenazas irreales o el miedo a lo que puede venir  
En contextos relativamente normales, los síntomas de ansiedad se manifiestan con un temor abrumador, sensaciones intensas y desagradables, aunque no exista un peligro real. Pero estos síntomas se potencian cuando hay incertidumbre y pensamientos catastróficos sobre lo que podría suceder.

El miedo se vuelve paralizante y frustrante, generando una cascada de limitaciones que afectan la vida social, familiar y laboral de quien lo padece. Es importante destacar que, en la mayoría de los casos, aquello que tanto se teme es altamente improbable que ocurra.

 

Los pensamientos  
La emoción predominante en los trastornos de ansiedad es el miedo. Y como he mencionado en otros artículos, toda emoción surge de lo que pensamos acerca de una situación, no de la situación en sí. No es el perro lo que me asusta, sino pensar que me va a morder. No es que mi pareja no respondió el teléfono, sino pensar que no quiere hablar conmigo o que me ignora lo que genera mi molestia.

Lo mismo ocurre con el miedo en la ansiedad: son los pensamientos sobre lo que podría suceder lo que alimenta el temor. Así, en una crisis de pánico, la persona cree que está teniendo un infarto, un paro respiratorio o cerebral, y que va a morir. Después de la crisis, muchas personas acuden a emergencias, se hacen múltiples exámenes médicos... y cuando estos no muestran ninguna alteración física, se sienten aún más desesperadas, dado que sus síntomas son reales pero sin causa orgánica identificable.

Las crisis de ansiedad suelen activarse en dos niveles:

  1. Por la situación o estímulo que genera temor: mucha gente, espacios cerrados, una noticia negativa, la noche, la ausencia de un ser querido, la expectativa de un cambio político, etc.
  2. Por los pensamientos asociados: “aquí me voy a asfixiar”, “me van a robar”, “voy a volverme loco”, “voy a perder el trabajo”, “nunca me voy a curar”.

Así, la ansiedad se nutre de la incertidumbre, y crece por dos vías principales:

  • La respuesta fisiológica: los propios síntomas generan más miedo porque no se entienden, aumentando la respuesta ansiosa.
  • Los pensamientos anticipatorios negativos: ideas como “¿podré hacerlo?”, “¿y si me pasa algo?”, “¿me sentiré mal cuando llegue?”, amplifican el malestar.

 


La acción versus la inmovilización  
El peor remedio para la ansiedad es la evitación. Aunque produce un alivio momentáneo, refuerza el ciclo del miedo y limita cada vez más la vida. La persona empieza a salir solo si va acompañada, evita lugares concurridos, deja de manejar… y poco a poco va autoimponiéndose restricciones que pueden conducir a un cuadro depresivo por sentimientos de impotencia o inutilidad.

Aceptar que se tiene un problema es el primer paso. Buscar ayuda profesional es fundamental. Solo entender lo que ocurre ya es un alivio, especialmente al descubrir que, aunque los síntomas son intensos, no implican un riesgo real de muerte.

Es clave diferenciar entre pensamientos racionales y distorsionados. Hay situaciones que podemos cambiar, y otras que no. En estas últimas, lo que debemos modificar es nuestra actitud y manera de pensar. 

 

¿Y qué hacemos con la incertidumbre?

Una herramienta útil frente a la incertidumbre es prepararnos para lo peor que imaginamos que podría pasar.
En ese análisis, muchas veces descubrimos que eso “tan grave” no es tan devastador como creíamos, y que además, es poco probable que suceda. Al visualizar escenarios y definir qué haríamos en cada caso, la incertidumbre disminuye, el miedo se reduce y la ansiedad se atenúa.

Preguntarse:

  • ¿Qué haría si pasa esto?
  • ¿Cómo podría actuar ante tal escenario?

Nos prepara emocionalmente y nos devuelve un sentido de control

 

La incertidumbre no desaparecerá mientras siga creciendo.
La única manera de vencer el miedo es enfrentándolo, no evitándolo. El objetivo no es dejar de sentir miedo, sino impedir que ese miedo nos paralice.



Gerardo Velásquez

LOS TRASTORNOS DE PERSONALIDAD Y LAS NORMAS SOCIALES


Dadas las características particulares de los seres humanos, sería difícil siquiera suponer que una sociedad pueda conducirse sanamente sin parámetros preestablecidos que orienten y hasta obliguen a sus ciudadanos en la manera de convivir los unos con los otros. Sin embargo, y a pesar que estos parámetros siempre existen, bien sea bajos normas legales bien definidas, o por usos y costumbres pautados en cada sociedad, es muy común que sean permanentemente violados o ignorados por una gran cantidad de personas a quienes les cuesta dirigir su comportamiento de manera sana respecto a su interacción con las demás personas.
En este sentido, existen las llamadas “Normas Sociales” que las podemos entender como un conjunto de patrones de comportamiento que se reconocen como “normales” o “sanos” en una determinada sociedad, donde su incumplimiento puede o no implicar una sanción institucionalizada, aunque sí algún tipo de recriminación o reproche social.

MÁS ALLÁ DE LAS LEYES, LA CONVIVENCIA
La violación a las normas sociales, desde mi juicio, en mayor o menor grado, es común a las distintas sociedades, independientemente del nivel de desarrollo de dicha sociedad. Obviamente, suele suceder que en aquellos países donde son estrictos con las sanciones por el incumplimiento de las leyes, las violaciones se presentan en una menor proporción que en otros países, donde, a pesar de existir las leyes, éstas son violadas constantemente sin mayores consecuencias para los infractores. Por supuesto, este es un problema bastante serio, dado que para muy poco sirven las leyes si éstas no se hacen cumplir. Pero no es mi intención abordar este tema, que muy bien pudiera ser analizado desde un enfoque político, social y cultural.
Sin embargo, más allá de las normas legales, hay otros interesantes elementos que podemos encontrar si analizamos el problema enfocado hacia las Normas de Convivencia desde una perspectiva psicosocial, ya que hay situaciones problemáticas que aunque se presentan en cualquier sociedad o estrato social, no son claramente identificadas y peor aún corregidas por la misma naturaleza de tales situaciones. Específicamente, me quiero referir a dos de los llamados trastornos de personalidad que comúnmente se pueden encontrar en cualquier grupo familiar o social. A estos dos trastornos se les conoce de acuerdo al Manual Diagnóstico y Estadístico de Los Trastornos Mentales DSM4 como el Trastorno de Conducta Antisocial y el Trastorno Límite de la Personalidad, que como en otros trastornos de personalidad las características resaltantes están alrededor de su manera de interpretarse y relacionarse con sí mismos y con los otros y una inadecuada manera de manejar su afectividad y el control de sus impulsos.

EL TRASTORNO ANTISOCIAL DE LA PERSONALIDAD
Anteriormente conocido como Sociopatías y Sicopatías en el extremo del trastorno, es un tipo de trastorno donde la persona muestra un comportamiento caracterizado por una falta de consideración y violación de los derechos de los demás, en muchos casos con una dificultad para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, y con mucha frecuencia con presencia de deshonestidad, mentiras, impulsividad o incapacidad para planificar el futuro, despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás y una irresponsabilidad persistente, indicada por la incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económicas. En el extremo de este trastorno, puede estar la falta de remordimiento, en casos de daños, maltratos o robos a otras personas.
Por supuesto en mayor o menor severidad las personas con este trastorno suelen tener muchos problemas en su vida afectiva emocional por su permanente violación a los derechos de los demás. En un extremo y según las características individuales y su historia afectiva y social, unos suelen caer fácilmente en la delincuencia, mientras que otros se mantienen sencillamente engañando y abusando de otros allegados, generalmente familiares cercanos y amigos, a quienes mienten, estafan, meten en problemas, etc.
De acuerdo a las estadísticas del DSM4, antes citado, se estima que en la población general cerca de un 3% de varones y un 1% de mujeres presenta este tipo de trastorno. Este porcentaje suele variar cuando se hacen diferencias poblacionales.

EL TRASTORNO LÍMITE DE LA PERSONALIDAD
Este es otro trastorno de la personalidad, que aunque en una menor incidencia que el Trastorno Antisocial, también puede ser una importante causa a violaciones de las normas y buenas costumbres en una sociedad específica, ya que aunque lo que suele resaltar en estas personas es su marcada incapacidad para establecer y mantener sanas relaciones, existe una dificultad para el autocontrol de sí mismos que en muchas ocasiones los lleva a los excesos, poniendo en riesgo tanto su vida como la de personas cercanas. Algunas de las características tomadas del Manual DSM4, que se pueden encontrar en este trastorno, que inciden en una inadecuada respuesta social, son: esfuerzos frenéticos para evitar un abandono real o imaginado, un patrón de relaciones interpersonales inestables, una impulsividad en al menos dos áreas, potencialmente dañina para sí mismo (gastos, sexo, abuso de sustancias, conducción temeraria, atracones de comida) y episodios de ira inapropiada e intensa con dificultades para controlarla. De acuerdo, igualmente al Manual DSM4, Se estima que la prevalencia del trastorno límite de la personalidad es de alrededor del 2 % de la población general, con un 75% de prevalencia en la población femenina.

LAS DIFICULTADES EN EL ABORDAJE DE ESTOS PROBLEMAS
A diferencia de cualquier otro trastorno de carácter emocional o mental, el problema central que se presenta cuando estamos ante cualquier trastorno de personalidad, por supuesto incluyendo a estos dos que he tratado de explicar de una manera sencilla (sin dejar de reconocer que hay mucho más que aclarar y explicar sobre el tema), está en el hecho que la persona que presenta el trastorno no acepta conscientemente que tiene un problema, de manera que es casi imposible el abordaje terapéutico exitoso de estas personas. Lo que suele suceder es que, en el mejor de los casos acuden a un terapeuta por otras razones, como una crisis depresiva o ansiosa, una fobia, un duelo, etc. o asisten por una presión impuesta por familiares que son, los que suelen padecer con mayor cercanía las consecuencias de los comportamientos de estas personas. De manera que ante esa poca conciencia del problema real que está presentando, será bastante difícil que la persona se deje ayudar hacia una mejora para ella y por ende para su entorno.

Considero importante y necesario un proceso de psicoeducación que pueda ayudar tanto a la persona objeto del trastorno, como a los familiares, primero, a entender el problema, sin que ello signifique una justificación para sus actos violatorios a sí mismo y a los demás, y en segundo lugar, a generar una disposición a dejarse ayudar entendiendo que existen alternativas terapéuticas que pueden ser muy efectivas, pero ninguna posible sin la conciencia del problema y la responsabilidad del sujeto en trabajar en su proceso de cambio.

Gerardo Velásquez

LAS EMOCIONES Y LA SALUD

Hoy en día sería absurdo no reconocer que el ser humano es un ser holístico y que por ende, todo aquello que abarque nuestra mente y nuestras emociones va a influir de manera positiva o negativa en nuestro cuerpo y salud física y viceversa. Basta imaginarnos una buena comida para que empecemos a salivar, o darnos cuenta como sentimos un “nudo” en el estómago al pensar en algo que tememos enfrentar. De manera que el pensamiento dispara un determinado estado emocional y como consecuencia una sensación corporal. Entendiendo entonces que mente y cuerpo son un solo Sistema, entonces es fácil aceptar que nuestras emociones van a influir directamente en nuestro estado de salud, bien potenciando la salud o propiciando la enfermedad.

EL SER HUMANO COMO UN SOLO SISTEMA
Esta realidad es más fácil de comprender cuando analizamos cómo está conformado nuestro organismo para hacerse cargo de nuestra salud. Todos los seres humanos estamos dotados de dos importantes Sistemas, el Sistema Inmunológico y el Sistema Endocrino, a quienes se consideran como los dos Sistemas preservadores de la vida. Sin embargo, estos dos Sistemas actúan íntimamente conectados con el Sistema Nervioso Central, de manera que lo que suceda en cualquiera de estos tres Sistemas, irremediablemente repercutirá en los otros dos. En consecuencia, si sabemos que las emociones son por esencia la manifestación del Sistema Nervioso de todo individuo, entonces resulta evidente que todo problema de salud que pueda estar pasando una persona, tiene una cuota emocional importante que hay que atender o, más que una cuota, puede incluso ser la causa fundamental que ha disparado la situación de enfermedad que se está padeciendo.

LA INTERACCIÓN DE LOS SISTEMAS
Para entender el proceso es importante conocer un poco acerca de los Sistemas Inmunológico y Endocrino y su interacción con el Sistema Nervioso Central. El Sistema Endocrino lo forman un conjunto de órganos y tejidos del organismo que liberan un tipo de sustancias llamado hormonas que regulan el crecimiento, el desarrollo y las funciones de muchos tejidos, y coordinan los procesos metabólicos del organismo. Por su parte el Sistema Inmunológico está compuesto por células y proteínas que se encargan de defender nuestro cuerpo contra agentes invasores extraños como bacterias, hongos, parásitos, virus y células malignas.
Ahora, la respuesta de estos dos Sistemas está guiada por el Sistema Nervioso Central, más específicamente a través del Hipotálamo, que es una estructura del cerebro que cumple una importantísima función en la regulación homeostática del organismo, en el comportamiento sexual y muy específicamente en las emociones, ya que recibe instrucciones directamente del Sistema Límbico del cerebro, que es la zona donde se procesan las emociones.
De esta manera, el Hipotálamo envía los mensajes a la Hipófisis que es la glándula del Sistema Endocrino que dirige los influjos hormonales en el organismo, y al mismo tiempo, el Hipotálamo también envía mensajes directivos al Sistema Inmunológico para el proceso de la respuesta inmunológica.

LOS APORTES DE LA PSICONEUROINMUNOLOGÍA Y LA PNL
Dada esta comprobada interacción, con énfasis en el impacto del manejo de las emociones en la salud o la enfermedad, en los últimos años la Psiconeuroinmunolgía y la Programación Neurolingüística (PNL) han venido realizando importantes intervenciones con excelentes resultados, trabajando directamente sobre el estado emocional de las personas, cuya combinación con el tratamiento médico respectivo ha demostrado ser altamente efectivo en la respuesta de recuperación de la salud.

La Psiconeuroinmunología se ha avocado al trabajo combinado de restituir la salud emocional a las personas a través del apoyo psicoterapéutico y la llamada Visualización Curativa, que ha logrado, a través de la imaginación guiada, estimular el aumento de los diferentes tipos de células y defensas a objeto de detener y disminuir el crecimiento de células tumorales, y en consecuencia mejorar notablemente la respuesta inmune. Uno de los más destacados en esta rama es el Dr. Carl Simonton, autor del libro “Sanar es un Viaje”, quien dirige el Simonton Cancer Center en Estados Unidos.

Por su parte la PNL, se ha destacado en el trabajo sobre el cambio de creencias, las cuales son preponderantes para una respuesta estresante o no estresante ante los distintos eventos y acontecimientos a los que estamos sometidos los seres humanos. Las experiencias de Robert Dilts, autor de “Identificación y Cambio de Creencias. Un Camino Hacia la Salud y el Bienestar” entre otros de sus libros, han sido de las más conocidas y difundidas, siendo hoy de gran uso en el trabajo psicoterapéutico.

EL ESTRÉS Y EL SISTEMA INMUNOLÓGICO
Frente a un evento que es percibido y vivido como estresante por el individuo se produce liberación de cortisol, adrenalina y noradrenalina, sustancias que han demostrado ser supresoras de la respuesta inmune. De allí que una situación estresante que se convierta en crónica, sin posibilidad de control real o imaginario de parte del sujeto, puede resultar nefasta y convertirse en un permanente inmunosupresor. Por el contrario, si el sujeto es capaz de percibir, sea real o imaginariamente que puede asumir satisfactoriamente el control de la situación, el evento estresante reduce el efecto inmunosupresor.
Aquí es importante resaltar que es la subjetividad la que determina que un evento resulte o no estresante. Por eso el apoyo psicológico es fundamental para generar un cambio que ayude a la persona a cambiar su percepción ante los acontecimientos que se le puedan presentar como estresantes.

Basado en este supuesto y luego de largos estudios y aplicaciones terapéuticas, el Doctor Carl Simonton, uno de los más destacados, o a mi manera de ver el principal precursor de la Psiconeuroinmunología, propone que ante una situación traumática o un permanente estrés psicológico, que por lo general suele generar otros problemas emocionales como una depresión, ansiedad o desesperación, el Sistema límbico del individuo genera una doble señal o mensaje. Por una parte va un mensaje al hipotálamo que es transmitido al Sistema Inmunológico generando una supresión de la respuesta inmunológica. La otra señal va a la glándula Hipófisis quien controla al Sistema Endocrino creando un desbalance hormonal y en consecuencia el desarrollo de células anormales. Estas alteraciones de los dos grandes Sistemas encargados de mantener nuestro cuerpo sano, por supuesto se va a traducir en la generación de la enfermedad.

Entonces, este mismo modelo plantea, que independientemente del tratamiento médico que se aplique al paciente, éste debe combinarse con una adecuada intervención psicoterapéutica que ayude al reencuadre emocional de la persona, lo que también ayudará al reestablecimiento de los Sistemas Inmunológico y Endocrino y por ende a una recuperación más rápida y efectiva de la salud.

DEL MIEDO A LA ENFERMEDAD
Dado esta interrelación entre los Sistemas, es fácil deducir que el diagnóstico por sí mismo de la enfermedad puede resultar en un impacto emocional muy fuerte, que lejos de ayudar puede ser uno de los principales enemigos del proceso de curación. Y no se trata de que nos oculten un diagnóstico, sino de entender que la enfermedad en sí lo que quiere decir es que estamos ante un proceso de desequilibrio de la salud y que la manera como encaremos dicho proceso, será decisivo en nuestra recuperación de la salud y por ende del equilibrio.
Las experiencias nos revelan que toda enfermedad, incluyendo el cáncer, puede curarse, el aspecto está en asumir con responsabilidad y optimismo que el proceso de la enfermedad y sus síntomas son un aviso de algo que intenta decirnos nuestro cuerpo y al que tenemos que prestar atención y actuar.
La enfermedad no es fortuita, es más bien un proceso que tiene pleno sentido dentro de la vida de un individuo. Ante ella vale la reflexión de porqué ha aparecido en un momento determinado de nuestra vida. Si logramos comprender su mensaje, estaremos en una mejor condición y disposición para trabajar en la recuperación de la salud. La ciencia médica hará su mejor esfuerzo, pero el médico no puede ser lo suficientemente efectivo sino en la medida en que el enfermo asume su cuota de responsabilidad de su enfermedad y se avoca a la resolución de sus conflictos.

Si mente y cuerpo se influyen constantemente entre sí hacia la salud y hacia la enfermedad, usted puede en consecuencia influir en su salud física, ya que tiene la capacidad para evitar pensamientos que perjudican su salud y cultivar los que la potencian.

Gerardo Velasquez

CUANDO LA RELACIÓN SEXUAL DEJA DE SER PLACENTERA

Tener sexo puede ser una de las más intensas y placenteras experiencias físicas y emocionales que el ser humano pueda tener. Más intenso y placentero será mientras se tenga una mayor capacidad de sentir y vivir la sexualidad integralmente. Sin embargo, esta experiencia puede no siempre ser tan maravillosa e incluso puede llegar a convertirse en un serio dolor de cabeza para cualquiera de las partes inmersas en una relación sexual, dado que no solo el erotismo y la sensualidad están presente en el acto sexual, sino que hay otros aspectos que suelen igualmente involucrarse como son los sentimientos, las emociones, las actitudes, los pensamientos, las creencias, los comportamientos y por supuesto el autoestima o autovaloración.

UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
Como cualquier otra actividad propia de una relación de pareja, la calidad del sexo también es una responsabilidad compartida, donde no es lógico y mucho menos prudente que uno de los dos culpe al otro por los problemas que se puedan estar presentando al momento del acto sexual. Esto solo tiende a generar mayor frustración y muchas veces a colocar a uno de los dos en la situación de tener la “obligación” de satisfacer al otro, lo que traerá como consecuencia que el acto en sí ya deja de tener el encanto y por supuesto el placer para quien está en esta condición. La pareja debe entender que el placer de ambos es importante y que no es sano tratar de satisfacer al otro por encima de las propias necesidades.
Esta actitud de dejar la responsabilidad sólo en él o en ella, suele ser uno de los ingredientes más dañinos que pueden iniciar o agravar posibles disfunciones que a la larga se van a convertir en verdaderos procesos traumáticos, tanto para el afectado directamente, como para su pareja quien no puede hacerse a un lado asumiendo “el problema no es mío”. Entonces, situaciones temporales, por ejemplo, como el distanciamiento en la frecuencia de las relaciones sexuales, una “mala noche” o una disminución temporal del deseo, que pueden ocurrir por distintos motivos, como presión laboral, enfermedad, duelos, problemas con los niños, pueden pasar a ser generadores de mucha presión, sobre todo cuando uno de los dos en la pareja se ve más afectado, porque “no está cumpliendo” de acuerdo a unos patrones o expectativas que se supone deben satisfacerse. Sí bien es cierto que el sexo puede ser una forma de expresar cariño, también es cierto que el sexo debe ser primordialmente placentero para ambos en la pareja y nunca una obligación.

LAS CREENCIAS, EL PENSAMIENTO Y LAS REACCIONES EMOCIONALES
En toda relación sexual existe un intercambio de emociones, rico en deseos y en sensaciones, donde el objetivo central es dar y recibir placer, pero también puede estar lleno de frustraciones y de matices de las experiencias vitales propias, como sentimientos de miedos, vergüenza y culpabilidad, creencias infundadas y otros factores psicológicos negativos que inhiben la reacción sexual y que perturban las relaciones sexuales.
Estos sentimientos por lo general, como todos los procesos emocionales de las personas, vienen precedidos de pensamientos estimulantes o en su defecto, negativos y limitadores.

Me voy a permitir en este aspecto tomar la postura de la Psicoterapia Cognitiva, que da importancia primordial al curso del pensamiento, como generador de los principales trastornos del estado de ánimo que padecemos las personas en un momento determinado, por supuesto sin dejar de lado, que cada persona piensa, siente y actúa de acuerdo a su propia experiencia de vida, o como reza la Programación Neurolingüística (PNL) desde su propio modelo del mundo. Desde esta concepción, es entonces (salvo problemas orgánicos o biológicos) el pensamiento quien irrumpe de una manera distorsionada para generar los distintos trastornos o disfunciones sexuales que suelen presentar hombres y mujeres, porque para el acto sexual necesariamente han de activarse los mecanismos emocionales que van a generar la excitación, traducida en el hombre con la erección y en la mujer con la lubricación de su vagina. Si el pensamiento fluye sin intromisiones distorsionadas, entonces el acto será placentero, pero si por ejemplo, el hombre está pensando que tal vez no logre satisfacer a la mujer, probablemente tendrá un problema com la erección o una eyaculación precoz.
Veamos en los típicos trastornos por los que las personas suelen acudir al sexólogo, psiquiatra o psicólogo, cómo el pensamiento (descartadas causas orgánicas) puede ser el causante principal del referido trastorno, donde la base central de esos pensamientos está en creencias, por ejemplo en el caso de los hombres, como "Debo ser enormemente sexual para ser un hombre de verdad" y en la mujer "Debo satisfacer a mi compañero para tener su aprobación":
• En el caso del hombre la típica DISFUNCIÓN ERÉCTIL (IMPOTENCIA) donde el hombre no alcanza la erección o no logra mantenerla, o la EYACULACIÓN PRECOZ, donde el hombre termina demasiado rápido y la mujer no alcanza el placer del orgasmo. Supongamos que han ocurrido algunos eventos y el hombre ha tenido una o unas experiencias desagradables en que, desde su juicio o crítica de su pareja, no tuvo una respuesta satisfactoria. Entonces se siente presionado y preocupado. Piensa que no va a ser capaz de mantener su erección el tiempo suficiente como para satisfacer a su mujer, piensa la pena que va a pasar o el ridículo que va a hacer si su mujer ve la flacidez de su pene y en el malestar y críticas por parte de esta. También piensa que esto le va a traer problemas en la estabilidad de su relación. Con estos pensamientos lo invade la ansiedad y la consecuencia puede ser que no haya la erección, o que por miedo a perderla realice el coito sin que su mujer haya siquiera iniciado la lubricación. También puede por ejemplo estar preocupado para mantener el acto dilatando la eyaculación y entonces piensa “debo satisfacer plenamente a mi mujer y no se si pueda lograrlo” “el acto debe durar “equis” cantidad de tiempo y voy a quedar muy mal si no lo alcanzo”. Las consecuencias: Casi inevitablemente ocurre la eyaculación anticipada.
• Por su parte en la mujer, uno de los problemas más comunes es la INHIBICIÓN ORGÁSMICA, donde igualmente antes del acto puede estar pensando que no va a quedar satisfecha, bloqueando la excitación necesaria para la lubricación, o con pensamientos como “el no me ha dicho que le ha gustado, significa que no lo estoy haciendo bien” o “no soy capaz de sentir un orgasmo. Nunca voy a sentir un orgasmo”. Por supuesto ante pensamientos de esta naturaleza, se pierde por completo el disfrute y el placer y pareciera una tortura lo que por naturaleza debiera ser extraordinario.

LA COMUNICACIÓN
Aunque pueda sonar a cliché, si no hay comunicación no es posible que los integrantes puedan conocer más sobre los gustos de cada uno en materia del acto sexual. De manera que puede ser que la otra persona desconozca algunas de las cosas que le gustan y son relevantes para su pareja y que, si son expresadas, van a contribuir a una vida sexual más acorde con los deseos de ambos.
En el sexo de una pareja sana, nada es exagerado o fuera de tono. Basta con que ambos estén de acuerdo y se compenetren en disfrutarlo. De manera que no es lógico sentir pena por expresar cosas que quisieran cambiar, agregar o experimentar en el sexo y por supuesto, hay que expresar a la pareja lo que cada quien necesita, siente o desea. Hay que evitar las suposiciones y preguntar a su pareja lo quiera saber, evitando juicios, reproches y generalizaciones. Por supuesto como lo expresé anteriormente que esta es una responsabilidad compartida, hay que actuar para dar de cada uno lo mejor para el disfrute y el placer de ambos.

LOS LÍMITES QUE IMPONE LA EDAD
Es lógico, que como proceso normal evolutivo en la vida, la actividad sexual se vaya modificando en cada etapa de la vida del individuo. Es por eso que de una edad a otra los intereses sexuales van cambiando, coincidiendo generalmente con los cambios corporales. Sin embargo, el sexo es importante durante toda la vida de la persona, no sólo en la etapa reproductiva, sino también durante la juventud y tercera edad.
Contrario a la creencia popular, nunca se es demasiado viejo para gozar de una vida sexual plena. El problema comienza cuando los prejuicios y las pautas culturales se imponen a las biológicas. Pero la verdad es que los seres humanos, afortunadamente, nunca son demasiado viejos, en términos biológicos, como para gozar de una vida sexual sana y feliz. Sin embargo, con frecuencia, se asume que las personas mayores pierden sus deseos sexuales o que no pueden llevarlos a cabo por razones físicas o peor aun, algunos ven al sexo en las personas adultas como algo feo o indeseable. Por eso, igualmente en esta etapa de la vida, los problemas que se presentan, como principales saboteadores para el disfrute sexual son consecuencia de las creencias, los prejuicios y la distorsión de los pensamientos, por temor a la desaprobación de sus hijos o nietos, que los pueden hace sentir culpables frente a sus legítimos deseos.
Otro problema es la longevidad femenina, ya que si bien la sociedad acepta las relaciones entre hombres mayores y mujeres jóvenes, tiende por el contrario a difamar a mujeres mayores que establecen lazos con hombres más jóvenes. De manera que son falsos mitos la mayoría de las limitaciones que se imponen a las relaciones sexuales entre personas de la tercera edad. Si se goza de una salud razonablemente buena para su edad, se puede esperar seguir siendo una persona sexualmente activa hasta una avanzada edad.

Tener una vida sexualmente sana y feliz no tiene edad, de usted depende cómo y hasta dónde quiere disfrutar de uno de los más grandes placeres que nos ha ofrecido el hecho de estar vivos

Gerardo J. Velásquez D.

SI EL PROBLEMA ES DE LOS NIÑOS ATENDAMOS A LOS PADRES…


Cuando hablamos de problemas en niños, la mejor referencia siempre viene del colegio, es decir del personal docente del respectivo colegio. Niños con problemas de comportamiento, de adaptación, con dificultad para seguir y respetar normas, con conductas oposicionistas, otros retraídos, tímidos, niños violentos, etc. Es decir los comúnmente llamados niños con "problemas de conducta".
Por supuesto que son múltiples las razones o causas que pueden incidir para que estos niños se destaquen más que por habilidades positivas, por comportamientos que podemos llamar insanos, tanto para ellos como para su entorno. En ciertos casos, estos problemas tienen una base orgánica real, por lo general neurológica y la solución se encuentra en distintos tratamientos específicos, muchas veces acompañados de apoyo psicológico. Sin embargo, no es casual que en la mayoría de los casos encontremos que el problema central radica en el tratamiento, aprendizaje o modelaje que está recibiendo en el hogar, y en muchísimos casos es precisamente el reflejo de hogares inestables emocionalmente hablando. Ausencia del padre y en muchos casos de la madre, relaciones tormentosas entre los padres, sobreprotección o descuido, consentimiento exagerado, alcoholismo, violencia familiar y muchos otros comportamientos que son modelados al niño, quien es una “esponja” para copiar y repetir.

Cuando su objetivo es llamar la atención
El niño requiere atención y la va a buscar a como de lugar, el problema es que muchas veces aprende una manera muy insana para conseguir esa atención y puede desarrollar una serie de comportamientos que pueden ir desde la desobediencia hasta la total oposición a todo aquel que para él represente la autoridad, con mayor énfasis en sus padres o figuras que los representen y por supuesto con el docente de turno. Hay muchos hogares en que los padres están muy preocupados por sus propios problemas y les prestan poca atención a los niños. Se ven entonces casi obligados a prestarle atención cuando se portan mal o tienen alguna enfermedad. De manera que aprenden a llamar la atención de sus padres si ellos mismos están en dificultades o si les crean problemas a éstos en forma deliberada.
La mayoría de los problemas de conducta de los niños suele ser una llamada de atención para que los adultos hagamos algo, pero ante la aparición del “mal” comportamiento, los adultos también reaccionamos como niños y en lugar de ocuparnos del problema iniciamos la acostumbrada repartición de culpas entre los mismos adultos, la madre, el padre, la maestra, con el refuerzo implícito de exponer una pelea donde el niño es por supuesto el centro de atracción.

La desobediencia y su relación con la autoridad
Al hablar de desobediencia, es necesario entender que ésta está íntimamente ligada con el manejo de la autoridad y de la tolerancia por parte de los padres. Unos padres autoritarios exigirán "obediencia ciega" por la simple razón de ¡"porque lo mando yo”!, nunca reconocerán un error propio porque "hay que mantener el principio de autoridad". En este caso, la desobediencia es casi inevitable. Pero la desobediencia puede surgir también de un ejercicio demasiado blando de la autoridad. El niño aprende fácilmente o intuye que puede abusar puesto que las amenazas nunca se realizan o los castigos impuestos se levantan siempre apenas comenzados. De manera que el problema de la desobediencia es también entonces un problema de los padres que deben someter a examen su propio concepto de obediencia y tolerancia. En esta polaridad el niño o va a expresar su oposición y se va a revelar ante la implacable autoridad, generalizando su desobediencia hacia todo aquello que la represente, o sencillamente hará siempre lo que mejor le provoque, independientemente de las órdenes que reciba, porque no hay consecuencias negativas para él por su mal comportamiento.
Otras razones que inducen a la desobediencia está en la incongruencia de lo que se espera del niño, que hace que se presenten situaciones en las cuales haga lo que haga, el resultado será siempre el mismo, lo castigan si actúa de una forma y lo castigan si actúa de otra forma.

El bajo rendimiento
Es cierto que muchos niños tienen problemas de aprendizaje y también es cierto que muchas veces estos problemas vienen acompañados de problemas de atención y concentración, que en ambos casos pueden tener su origen en componentes genéticos o ciertos desajustes orgánicos. Pero en la experiencia también encontramos con frecuencia que el bajo rendimiento también es consecuencia de muchos problemas en el hogar que el niño no sabe enfrentar, porque incluso no tiene la capacidad para poder entender las situaciones que le toca a veces vivir. Problemas éstos que se traducen en los síntomas típicos del Déficit de Atención (DDA), dado que el niño aprende a “desconectarse” y aislarse lo que le resulta más fácil que tratar de entender lo que está sucediendo.
Por otra parte, también se presentan los problemas cuando los padres delegan la formación académica única y exclusivamente en la escuela y los maestros, ocupándose solamente de que sus hijos tengan todo el material que se les solicite, el pago del colegio y de ahí en adelante que la institución educativa se haga responsable del desarrollo educativo y académico del niño, quien por su propia iniciativa y naturaleza de niño, tenderá a la apatía dentro del salón de clases, prefiriendo otras actividades más placenteras para él, en lugar de contar con la motivación necesaria para aprender y realizar las actividades propias de su formación.

Cuando el niño sufre
No solo los típicos problemas de comportamiento como los antes expuestos son los que se suelen presentar, también existen situaciones de angustia y desasosiego emocional que afectan al niño y que se convierten para él en un sufrimiento, sobre todo aquellos que dificultan su normal desenvolvimiento social y escolar, como miedos exagerados, bien a la oscuridad, a estar solos, a los animales, a fantasmas, etc. Miedos estos que dejan de ser normales para convertirse en miedos fóbicos asociados a síntomas de ansiedad, hasta el extremo de desarrollar fobias sociales, expresada con miedo a la interacción con otros, a no dar la talla en clase y desarrollar trastornos de evitación, generando grandes dificultades para su desarrollo y desempeño social.
Por supuesto, aquí también existe mucha responsabilidad en la manera como los padres se comportan con sus hijos y el modelaje de sus actos. Por ejemplo, dormir con el niño, la manifestación de preocupación excesiva, temores que no se corresponden con un peligro real, son algunos de los comportamientos que delimitan el perfil ansioso que será transmitido al niño.
Muchas veces es la sobreprotección que se manifiesta por el temor de los padres a que le pase algo al niño o que cometa errores que lo puedan hacer “sentir mal” ante otros, llegando al extremo de no dejarlo hacer hasta las cosas más sencillas como anudarse sus zapatos o hacerle las tareas, atrofiando el normal proceso de aprendizaje de las cosas que ha de ir haciendo por sí mismo. Por supuesto, la consecuencia en el niño es la ansiedad como respuesta biológica para protegerse anticipando posibles peligros que suelen estar exagerados en su proceso de aprendizaje.

Haciéndonos responsables
La intención de los aspectos expuestos no es cargar de culpa a los padres o responsables de la crianza y desarrollo de los hijos. Pero la experiencia nos dice que si problemas como los expuestos u otros similares, en una proporción muy alta, tienen su raíz en el núcleo familiar, es importante que quien tenga la responsabilidad, que muchas veces recae sólo sobre la madre, el padre, los abuelos u otros familiares, tenga en consideración que más que presentar al niño como el problema, efectúen una reflexión en todas las variables que pueden en un momento dado estar interviniendo y que estén también a su alcance corregir, por ejemplo escasa atención de los padres, padres que aspiran a la perfección, privación al niño de satisfacciones y privacidad cuando no cumple con exigencias desmedidas, celos por el nacimiento de un hermano, etc.
Si sabemos que muchas de los problemas son consecuencia de la llamada de atención por parte del niño a los padres, es importante compartir con el niño tiempo suficiente para establecer dichos vínculos. Es importante preguntarnos si el niño se siente querido dentro de su núcleo familiar. Los lazos afectivos bien establecidos son fundamentales para la estabilidad del niño y para prevenir posibles conductas disruptivas.
Por otra parte, para un adecuado desarrollo emocional-conductual del niño, es muy positivo que los padres, atiendan sus propios procesos emocionales, o por lo menos puedan controlarlos para que el niño no los perciba de forma angustiosa. Por supuesto esto puede resultar difícil en caso de situaciones de maltrato o separaciones traumáticas, pero en todo caso el niño es el menos responsable de la situación.

Por último, siempre es importante recordar que la mayoría de los problemas emocionales que podemos presentar como adultos, vendrán gestados en la calidad de vida que llevamos como niños. Es muy cierto eso que tanto escuchamos que los niños no vienen con el “manual” y educarlos es una tarea que requiere mucha dedicación. Vale la pena encontrar y aplicar ese “manual”

Gerardo J. Velasquez D.

"SOY FELIZ, ERES FELIZ… SOMOS FELICES"


Comúnmente vemos y escuchamos acerca de personas que tienen mucho dinero, pero no son felices, que tienen una familia sana pero no son felices, que tienen un buen trabajo, pero y pero y pero… pareciera que, a pesar que la Real Academia Española define La Felicidad como el "estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien" no basta “tener” para ser feliz y de eso todos podemos tener cientos de ejemplos. También sabemos de personas que han alcanzado objetivos que lucen muy importantes como obtener el título profesional deseado, tener hijos, mudarse, aprender nuevas cosas, etc. e igualmente manifiestan no ser felices, de manera que tampoco pareciera ser que los logros hacen la felicidad. Unos están acompañados y quieren estar solos, otros están solos y quieren estar acompañados…

Por otro lado también conocemos muchas personas que tienen muy “poco”, que sus logros no son muy relevantes, que adolecen de muchas virtudes y manifiestan ser felices, y nos preguntamos, ¿Será que estas personas son muy conformistas? ¿Será que son mentirosos y ocultan su infelicidad? ¿O realmente será que la felicidad es como citan algunos autores, que la felicidad es sencillamente un estado de ánimo?

La Felicidad o Ser Feliz
Considero que ante estas manifestaciones a favor o en contra de la felicidad, bien vale la pena hacer una reflexión sobre ¿Qué es lo que específicamente requieren las personas para ser felices? ¿Es que realmente se puede considerar a la felicidad como un objetivo de vida? ¿Es posible que esta felicidad sea un estado permanente?
Algo que sí parece ser muy cierto es que no necesariamente las cosas que hacen feliz a una persona, siempre van a ser las mismas que harán felices a otras, porque como dice el dicho “cada cabeza es un mundo” o como reza la Programación Neurolingüística (PNL) “el mapa no es el territorio”. De manera que en lo que si podríamos coincidir es que la felicidad es muy relativa, en consecuencia va más asociada al sentir de cada persona que a lo que rodea a esa persona.
Entonces, muchos dirán que el secreto estará en que cada quien pueda descubrir cuáles son los elementos o variables que sumarán a favor de ese “ser o sentirse feliz”, sin embargo, si pensamos en la felicidad como algo que hay que conseguir, como un estado de bienestar ideal y permanente al que hay que llegar, lo que vamos a conseguir con mayor probabilidad es un continuo sentimiento de frustración, ya que va a ocurrir como sucede con todas aquellas cosas que vamos alcanzando en la vida, que se convierten en pasos o metas que vamos alcanzando, pero nunca considerando que hemos llegado al final. No me imagino como sería la vida si en algún momento consideráramos que somos un “producto terminado”. Definitivamente, la felicidad no es un objetivo y mucho menos el final del camino. Cada vez que vamos alcanzando nuestros deseos, seguirán apareciendo otros y otros y otros… y eso le da sentido a la vida.

Felicidad y Bienestar
Claro que obtener muchas cosas nos da un sentido de bienestar. Un bien material como un buen carro, una buena casa, buenos amigos y buena salud, son por supuesto sinónimos de bienestar, que pudiéramos decir que nos brindan felicidad. El problema es que perderíamos igualmente esa felicidad cuando por razones lógicas de la vida, dejáramos de contar con algo de eso que nos está dando felicidad, entonces de un día a otro nos podemos encontrarnos afirmando que “somos infelices”. Por eso es que muchas personas viven en una permanente frustración en la búsqueda de la felicidad, dado que incluso cuando creen estar más cerca, ocurren hechos, como la pérdida del trabajo, de un ser querido, el rompimiento de una relación u otras situaciones que interrumpen ese bienestar al que están asociando su felicidad.

Creencias acerca de la felicidad
Por supuesto que asociar la felicidad a algo específico como la salud, bienes, logros u objetivos, va de la mano con las creencias que vamos aprendiendo a lo largo de nuestras vidas. Por ejemplo:
Creemos que “la felicidad es algo que tenemos que alcanzar” y pasamos la vida haciendo cosas para obtenerla, llenos de miedos, conflictos y hasta saboteos en esa “búsqueda” de algo que, realmente no es una “cosa” que se pueda alcanzar.
Otra creencia es que “no se puede ser feliz si no se tiene a nuestro lado las cosas y personas que tanto estimamos”. Resulta que sencillamente es imposible mantener para siempre todo lo que amamos o estimamos en nuestra vida. De manera que desde esta creencia, sería imposible llegar a ser feliz.
Otras veces nos quedamos con la creencia que “seré feliz si logro generar los cambios en algunas situaciones y/o personas” Algo que resulta ser aún más frustrante porque no tenemos, o tenemos muy poco poder para generar los cambios que deseamos en los otros, y como ya lo he expresado, aún consiguiendo algunos cambios, la naturaleza nos lleva a aspirar otros cambios.
Y así como esos ejemplos, una peor es sencillamente creer que “la felicidad no existe” o muchas otras asociadas a los deseos que tenemos en la vida y las creencias que el hecho de alcanzarlos nos hará felices, cuando la realidad nos dice que el cumplimiento de un deseo es un instante de placer, satisfacción o bienestar y como ya lo hemos hablado, esto no es felicidad.

Una cuestión de actitud
Para algunos pensadores y filósofos, todos los bienes como dinero, honores, fama, talento, no son más que elementos que ayudan a la felicidad, pero no la felicidad en sí misma. Para otros pensadores, la felicidad es una actitud mental que el hombre puede asumir conscientemente, es decir, es una decisión. Desde este enfoque se asume la felicidad como una experiencia totalmente subjetiva que normalmente se resume por el grado de satisfacción que uno tiene en la vida. En lo que a mi respecta, coincido con ambas posturas y más aún con esta última. Es una cuestión de actitud mental ante la vida, por eso vemos algunas personas, que no importa todo lo bueno que pueda rodearlas, sólo resaltan siempre lo malo. El que una persona sea optimista no significa que todo le sale siempre bien, sino que aunque algunas cosas salgan mal, confía en que siempre habrá vías para superar las dificultades.
Es nuestra actitud ante la vida, ante los problemas y las preocupaciones, lo que va a darnos ese sentido de ser o no ser felices. No quiero con esto decir que no importan los bienes, el dinero, los logros, el sentirnos amados, lo que sí quiero resaltar es que la felicidad es una actitud constante y que sin ese valor en nuestra vida no importa lo que se tenga, lo que se logre o quienes nos rodeen, seguiremos viendo la felicidad como una utopía o algo que quien sabe Dios porqué sólo le llega a algunas personas.

La felicidad, una decisión
Si a este momento llego convencido que lo más importante para ser feliz es la actitud para vivir y enfrentar los obstáculos, sabores y sin sabores de la vida, entonces concuerdo con que para ser felices debemos ante todo decidirlo, incorporando a mis creencias "yo puedo y merezco ser feliz", "yo escojo ser feliz". Una actitud positiva y una esperanza continua son mucho más útiles que una actitud pesimista o una visión "amarga" de la existencia. A mi en lo particular me gusta la idea tener creencias que afiancen mi identidad de tal manera que yo pueda aseverar “Yo soy feliz”.
El ser feliz no es un simple estado de ánimo, es una actitud constante, que podemos incorporar en nuestro estilo de vida, entre otras cosas:
• Aprendiendo a disfrutar tanto las grandes como las pequeñas y cotidianas cosas de nuestra vida como la amistad, la familia, la naturaleza, el trabajo, nuestra salud, etc.
• Haciendo lo que hacemos, cualquiera que sea nuestra ocupación, con entusiasmo, bien hecho y con mucha satisfacción
• Agradeciendo no sólo lo que tenemos, sino también lo que hemos tenido, sean experiencias agradables o desagradables, bienes materiales, familiares o amistades. Porque esas experiencias son las que nos permiten aprender, crear valores y crecer como personas
• Aceptando nuestras cualidades y limitaciones sin renunciar a mejorar, por el contrario aprovechando toda oportunidad que se nos brinde para aprender y mejorar

Lo más importante es estar consciente que el camino de la vida está lleno de momentos placenteros y otros no tan placenteros, ¡esa es la vida! No es en el futuro donde encontraremos la felicidad, es “aquí y ahora”. Por supuesto, “yo soy feliz, “tu eres feliz” y “todos podemos ser felices”

Gerardo Velásquez

EL ESTRÉS Y EL AMOR EN LA RELACIÓN DE PAREJA


Mucho se ha dicho y escrito acerca del Estrés, y no cabe duda que en una época como la que vivimos, con cambios tan constantes y abrumadores a los que nos toca irnos adaptando y desadaptando, así como los compromisos y actividades en las que nos vemos envueltos en un día a día, donde muchas veces no somos ni capaces de hacer un alto para el descanso, el compartir y las muchas cosas agradables que también tiene la vida, entonces pareciera inevitable que el Estrés sea el denominador común en la vida de la persona moderna.

Normalmente al hablar del Estrés, el énfasis mayor se hace en los problemas de salud que suelen surgir en las personas, como consecuencia de las alteraciones que sufren nuestros dos grandes sistemas que se ocupan de mantenernos sanos, como son el Sistema Inmunológico y el Sistema Endocrino, lo cual es absolutamente cierto. Sin embargo, hay otras alteraciones que se van a presentar en nuestras vidas si no prestamos atención a la manera en que la estamos llevando y a cómo hemos podido permitir que grandes niveles de Estrés imperen en nuestra cotidianidad.

EL IMPACTO EN EL AMOR Y LA PAREJA
En esta ocasión quiero hacer referencia a las consecuencias que por el Estrés se pueden generar en el amor y por defecto en las relaciones de pareja. Es común escuchar que el amor es el sentimiento más noble que existe, pero también es sabido que este sentimiento no responde a una planificación racional, es decir, las personas NO planifican enamorarse de alguien, esto sencillamente ocurre. Sin embargo sí va a entrar la razón en el cómo llevar ese amor para que perdure y no se apague como una llama a la que le quitamos el oxígeno.

En la actualidad es muy común que ambos en la pareja cumplan roles laborales y profesionales que pueden muchas veces representar una demanda de tiempo, esfuerzo y compromiso que exigen más allá de lo que pueden dar, mientras que por el solo hecho de vivir en pareja, también han de cumplir una serie de responsabilidades propias de la relación, la familia, los hijos, etc. que igualmente pueden llegar a la sobre exigencia y caer en una fórmula sencilla generadora de Estrés, que no es otra que un desequilibrio que se va a presentar cuando las demandas a las que somos sometidos exceden a nuestra capacidad de reacción.

Este problema a su vez va a incidir en la estabilidad emocional de la pareja, generando discusiones que generalmente sólo suelen ser desahogos a las presiones que cada uno vive, para luego convertirlas en hábitos mal sanos en la relación. También se crean problemas en la intimidad y desavenencias varias que, de no tratarse y corregirse van poco a poco acabando con el amor, hasta que el daño es irreversible y lo que queda es la separación.

EL SEXO, UNA ALTERACIÓN COMÚN
Estando claros que nuestra mente es la que gobierna nuestro cuerpo, es de suponer que ante situaciones de angustia y ansiedad, propias de una vida estresada, el disfrute se va quedando de lado y en las relaciones de pareja, esto comienza a reflejarse precisamente en la disminución del deseo sexual. De manera que en el hombre y la mujer ocurre un desplome del deseo sexual, con un marcado desinterés por la pareja y el resquebrajamiento del frenesí y la pasión en la relación íntima.
Esta disminución en el apetito sexual, ocasiona que la frecuencia disminuye y se aparta cada vez más de los momentos en que ambos se buscaban para dar rienda suelta a unos originalmente desenfrenados deseos de hacer el amor, o por otra parte, actúa de una forma más dañina, cuando el acto sexual se convierte en una obligación, más que en un disfrute y por supuesto, dado que va contrario a la naturalidad del “querer y desear” por el “tener que”, comienzan a sumarse otros elementos que de igual manera son acrecentadores del Estrés, como son en el hombre, los problemas de impotencia o eyaculación precoz y en la mujer la incapacidad para llegar al orgasmo. Efectos que van a dificultar aún más la capacidad de sobrellevar una relación placentera.
En un acto sublime en la relación de pareja como es el hacer el amor, deben abundar en el cerebro las sustancias químicas que generan la tranquilidad, el placer y la alegría. De allí la importancia de apartar todo tipo de alarma o nerviosismo, que pueda producir la baja del deseo sexual.

MOMENTOS PARA ESTAR ALERTA
Existen momentos o etapas en la vida que pueden hacernos más susceptibles ante el Estrés y ante los cuales hay que estar más alerta. Con frecuencia, los casos de Estrés afectan al varón durante la etapa madura (a partir de los 35 años), no sólo porque su capacidad sexual se reduce, sino debido a factores de su entorno, como el incremento de la carga laboral o la presión familiar, que lo ponen en alta tensión. Igualmente, a partir de los 55 y 60 años, ocurren otros cambios en el hombre como la andropausia y la culminación de la etapa laboral. Lo primero hace que gradualmente disminuyan las hormonas sexuales, mientras que lo segundo, cuando no se ha planificado o han tomado las respectivas previsiones, suele ser un gran estresor, por no saber a qué dedicarse, qué hacer en esta nueva etapa de su vida y cómo mantener los ingresos económicos del pasado.
Por su parte en la mujer, y más específicamente con el nuevo rol que ha venido asumiendo en la sociedad actual, al alcanzar una independencia laboral y ocupar puestos de relevancia profesional, tienden a confundir su rol en las relaciones diarias en el trabajo con el encuentro sexual con su pareja. Esto hace que tiendan a adoptar muchas veces un papel masculino y perturbar así su capacidad de placer y de alcanzar el orgasmo.

CUANDO EL AMOR SE CONVIERTE EN ESTRÉS
También vale la pena traer a colación que el mismo amor, o mejor dicho, la manera como nos comportamos ante el amor, puede por sí misma convertirse en una fuente de Estrés que ha de llevar a la persona o a la pareja a sufrir
Y aquí, desde mi juicio, el problema mayor se presenta ante la inseguridad consecuente de problemas subyacentes, de uno de los miembros de la pareja que tiene mucho temor a perder a la persona amada, desatando una sobreprotección, inhabilitación del otro o hasta acosos que son insostenibles para una relación sana.
De manera que el amor se convierte en obsesión y lleva a la persona a colocar a su pareja en el lugar más importante y casi el único en su escala de prioridades. Convirtiendo así la relación en una dependencia emocional hacia su pareja, al extremo de creer que no podría vivir sin el otro, intentando hacer todo tipo de actividades con la otra persona, llamando continuamente y controlándola a través de mensajes, como asegurando que siempre esté “ahí”. Por supuesto, es fácil imaginarnos el nivel de Estrés que se presentará en una persona que desarrolla este tipo de obsesión, al extremo de anularse a sí mismo para subordinarse completamente a su pareja, generando una relación que pasará a ser insoportable tanto para el miembro que sufre de la obsesión, como para la contraparte que se ve sometida a tales niveles de presión y tensión.

INYECTANDO LA RAZÓN AL AMOR
Como cita Walter Riso en su libro “Deshojando Margaritas”, en su distinción entre “el amor pasional, el amor racional y el amor incondicional”, sólo el amor “racional” podrá ser exitoso para mantener en el tiempo al mismo amor y por supuesto una relación de pareja dentro de lo que podamos llamar funcional y emocionalmente estable. Y es que, como hice mención al principio, el amor no se planifica, sencillamente de acuerdo a las circunstancias va a surgir, pero serán las personas involucradas en ese amor quienes han de estar alerta a todas las situaciones que se van a presentar en la dinámica de la relación y fuera de la relación.
En el caso que nos motiva este artículo, por supuesto el aspecto más importante a abordar es el manejo del Estrés y no permitir que éste sea un elemento discordante que puede a la larga matar al amor. De manera que nos toca hacer una revisión de los distintos ámbitos, como el trabajo, la familia, el entorno social y político y por supuesto nuestra relación de pareja propiamente dicha y procurar detectar las situaciones que nos están llevando a generar y mantener un estado de Estrés permanente y tomar las acciones necesarias para contrarrestar su efecto, reducirlo o hasta eliminarlo de nuestra vida.

La vida será más placentera si estamos psicológicamente tranquilos. Por más compleja que pueda parecernos una situación siempre existe una salida. Por tal motivo, es de gran importancia escuchar o abrirnos a otros puntos de vista, esto nos mostrará otras alternativas para resolver todo aquello que vemos nublado y parece no tener solución. Siempre será importante reconocer que el amor requiere atención para no perder el vínculo que nos une con nuestra pareja.

Gerardo J. Velásquez D.

PONIENDO LÍMITES EN NUESTRAS RELACIONES


Si ha llegado el momento en que te sientes presionado u obligado a complacer a otra persona, si sientes que tu tiempo y espacio no son respetados por los demás o alguien en particular, es que definitivamente no has sido capaz de entender y hacer entender a los otros, que en toda relación deben existir ciertos límites sobre lo que se permite o no debe permitirse. Y por supuesto, cada quien ha de tener claro hasta donde define sus límites, para que pueda sentirse equitativamente tratado en las relaciones que participa.

Como he afirmado en otros artículos, pertenecemos a un mundo donde sería imposible vivir sin relaciones. De cualquier forma, siempre vivimos compartiendo con otras personas y cada una de estas relaciones son de una determinada manera e importancia. Así, hablamos de las relaciones familiares en general con padres, hijos, hermanos y relativos; relaciones de pareja, de amistad, laborales, sociales y políticas. El hecho es que dadas las características e importancia de estas relaciones, la manera como las llevemos va a ser fundamental para el logro de objetivos comunes y acuerdos, que resulten beneficiosos para las partes involucradas, o por el contrario, nos lleven a sentir que una o más relaciones en la que estamos involucrados se ha convertido en una carga o en un permanente malestar, que nos agobia y genera desdicha en nuestra vida. Entonces nos escuchamos y sentimos haciendo generalizaciones como que “las personas abusan de uno”, “a uno no le hacen caso ni lo respetan”, “porque es que ellos abusan de mi”, que no se puede decir que NO cuando se trata de los hijos, del jefe, de la pareja, etc.

Por supuesto que hay relaciones que nos vienen “impuestas” como son las familiares y otras en las que incursionamos por decisiones que vamos tomando en nuestras vidas. Lo importante es que bien sean impuestas o debido a las decisiones o circunstancias, hay tener en cuenta que estamos en el derecho de manejarnos asertivamente en lo que se refiere a los límites, que tácita o claramente definidos hemos de poner en cada una de nuestras relaciones, en aras de hacerlas funcionales, agradables y beneficiosas.

LA ASERTIVIDAD, EL EQUILIBRIO ENTRE LA PASIVIDAD Y LA AGRESIVIDAD
En las relaciones nos movemos, al igual que en la comunicación, dentro de una polaridad que tiene por un lado un comportamiento pasivo, donde la persona permite cosas que no quiere permitir, acepta de otros insultos, imposiciones, reglas; no dice lo que quiere decir y no es capaz de hacer valer su posición o punto de vista ante cualquier situación. En el otro polo está el comportamiento agresivo donde la persona, si bien no permite el abuso del otro, actúa con agresividad, la persona antepone y defiende sus derechos de una manera ofensiva, deshonesta y/o manipulativa, pasando por encima de los derechos de los demás. Trata de imponer su punto de vista a través de la dominación, utilizando técnicas de degradación, humillación, manipulación, etc.
Es lógico suponer, que en ambos extremos a la larga las consecuencias suelen ser negativas, por un lado termino cargándome de resentimientos y sentimientos de minusvalía, al permitir que los otros abusen de mí, mientras que por el otro, termino siendo rechazado de tantas tensiones que mi comportamiento va generando en las relaciones.

En el punto intermedio de esta polaridad está la llamada ASERTIVIDAD, que no es otra cosa que el comportamiento que nos permite hacer valer y defender nuestros derechos, sin violar o alterar los derechos de los demás. Y esto último es muy importante tenerlo claro, dado que muchas veces un comportamiento asertivo puede generar molestia en el otro si éste ha estado acostumbrado a una actitud pasiva ante sus demandas, pero al actuar y pensar asertivamente no nos hacemos responsables de su molestia, por lo tanto será su problema y responsabilidad manejar su molestia. También hay que tener claro que, saltar del polo pasivo al polo agresivo, aunque sea por cansancio y explosión ante el abuso exagerado, nos pondría en la misma situación que hemos estado rechazando ante los demás.

De manera que la conducta asertiva implica la expresión directa de nuestros sentimientos, pensamientos y necesidades, respetando los derechos de los demás. Específicamente cuando se trata de poner límites, primero tenemos que tener claros nuestros derechos y que éstos son tan valiosos como los demás piensan que son los de ellos. Así por ejemplo es muy asertivo decirle a la mamá, “entiendo que te sientas sola o quieras mi ayuda, pero hoy voy a salir con mi esposa”, o al hijo, “ahora quiero descansar y no voy a prepararte la cena”, o a la pareja, “está bien, este fin de semana vamos a visitar a tu mamá y el otro fin de semana nos vamos a la playa…”. En lugar de actuar pasivamente y quejarse del agobio en que lo tiene la mamá, el hijo, la pareja, etc.

LO QUE PASA ES QUE EL (ELLA) ME MANIPULA
Es muy común escuchar en algunas personas que aceptan pasivamente los abusos de otros que lo que sucede es que “él, ella o ellos, son unos manipuladores”. Lo cual generalmente es cierto, pero igualmente cierto es que no es posible manipular a quien no se deja manipular. Y aquí vale la pena hacer una distinción. Una de las herramientas o habilidades que desarrollamos muy bien desde pequeños es el arte de la manipulación, que sencillamente utilizamos las personas para obtener un beneficio o mantener uno que ya poseemos. De manera que todos manipulamos o hemos manipulado a alguien en alguna oportunidad, bien sea porque era la mejor herramienta que teníamos en el momento o por costumbre o hasta de manera inconsciente.
Cuando hablamos de manipulación en las relaciones, generalmente y desde mi juicio, ésta será mucho más efectiva cuando quien manipula logra que la otra persona sienta culpa o miedo de lo que pueda suceder si no actúa en consonancia con las demandas del manipulador. Algunos se valen del vínculo afectivo para la satisfacción de sus propias necesidades, sin tener en cuenta las de los otros. Entonces el niño manifiesta que no es querido, el adolescente amenaza y actúa asumiendo riesgos exagerados, la pareja manifestará que no se siente atendida, la madre se quejará del abandono de sus hijos, etc. y el manipulado actuará evitando la culpa, huyendo del miedo, pero jugando por su parte a ser la víctima, que sin querer o queriendo, consciente o inconscientemente, se traduce también en una manipulación.
Asumir el riesgo y enfrentar el miedo es una manera responsable de evadir la manipulación. De igual manera aceptar que poner límites NO es hacer daño a los demás, entonces cualquier cosa que le suceda al otro, más específicamente hablando de adultos, independientemente del vínculo, no puede ser nuestra responsabilidad y por ende no tiene lógica asumir la culpa de lo que pueda ocurrir.

LAS CREENCIAS LIMITADORAS Y EL MIEDO
Es necesario hacer una revisión de nuestras creencias, principios y valores, para prepararnos de una mejor manera a la hora de establecer los límites. Ya que muchas de las cosas que aceptamos, vienen aprendidas con creencias adquiridas desde nuestra infancia y que no vamos a cambiar a menos que empecemos a cuestionarlas. Por ejemplo, es común el abuso de adolescentes e hijos adultos que aun viven en la casa materna y tratan a la madre como su esclava y ésta se queja pero hace manifestaciones como “¿y qué puedo hacer? para eso estamos las madres” o “una madre siempre debe ser tolerante con sus hijos” o “hay que ser madre para entender eso”. Si bien es cierto que el amor de madre es el único que para muchos ha sido catalogado como “amor incondicional”, también es cierto que aceptar y tolerar lo “inaceptable” no es un sinónimo de amor.
Otro ejemplo también muy común es el abuso de la madre hacia el hijo o hija, cuyas exigencias van mucho más allá de lo que normalmente él o ella puede dar sin que se vea afectada su autonomía como ser adulto, su derecho a crecer como persona, a vivir en pareja, a tener una familia, etc. Y escuchamos a este hijo o hija lamentándose pero afirmando “es que por encima de todo primero está la madre” o “la hija hembra debe servir a la madre”. Pero, aunque suene duro para quien defiende este tipo de creencias, la verdad es que todo apoyo ha de hacerse sin descuidar los derechos propios. Por ende se han de reemplazar las creencias por otras como por ejemplo “apoyar a mi madre no significa ser su esclavo”, en lugar de quejarse después y hacer responsable a la madre, por ejemplo, de su fracaso matrimonial o de su incapacidad para establecerse en una vida de pareja.
Por otro lado, está el miedo a lo que tememos que pudiera ocurrir si decidimos tomar acción y poner el alto a lo que venimos tolerando. Aquí surge el sentimiento de culpa, sobre todo cuando se trata de situaciones familiares y más específicamente con los padres o hermanos. Este miedo puede ser aún más acentuado cuando se trata de poner límites a la pareja, por la creencia de que podamos estar peor si se llega a romper la relación, o con los hijos, por el temor que les pueda pasar algo malo por su falta de madurez. En todo caso, siempre vale preguntarse repetida y tantas veces como sea posible ¿Qué pasaría sí...?, para llegar al temor más grande y descubrir que lo peor que podría pasar suele ser exagerado y bastante improbable.
Por último también pueden rondar creencias, como "decir No es malo, sobre todo sí se puede", "es vergonzoso cometer errores", "Debes mantener para ti las diferencias de tus opiniones, especialmente ante una posición de autoridad", "Si no ayudo a los demás me van a juzgar mal o cuando yo necesite nadie me va a ayudar" y muchas otra creencias muy imitadoras que sólo van a dificultar más la posibilidad de establecer mis límites.

ACLARANDO LOS LÍMITES
A la hora de establecer los límites es importante que queden bien claros para las partes, así como lo que estaremos dispuestos a hacer si éstos son desbordados. Por supuesto que en toda relación estamos ante una o más personas que tiene sus propias creencias, actitudes y estilo, y que no podemos pretender que todo sea en base a un ideal. Lo que si es importante es precisar lo “inaceptable” en relación al proyecto de vida de cada quien.
Como ya fue expuesto, poner límites no tiene nada que ver con la agresividad, sino con hacernos respetar asertivamente. Se trata de ser sinceros cuando se pide que se nos respete.
Toda relación por íntima que sea tiene que tener límites o parámetros. Para poder establecer relaciones que nos sean satisfactorias y para poder arreglar las conflictivas es necesario examinar nuestros límites. La gente llega a abusar de nosotros hasta donde nosotros mismos les damos permiso. De manera que será necesario hacer una reflexión y precisar todas aquellas cosas que estamos permitiendo de los otros que nos gustaría cambiar, o al menos que NO estamos dispuestos a seguir aceptando. Y eso puede hacerse independientemente del tipo de relación en que estemos involucrados.
• Vivir en pareja no significa que hay que perder u olvidarse de los proyectos personales, hobbies, amistades o familiares, siempre que éstos no choquen con los objetivos y el proyecto común de la relación. Tampoco significa que uno de los dos tenga, por imposición del otro, que hacerse cargo de algo que NO quiere hacer o no ha sido acordado por ambos.
• Ser madre o padre no nos da el derecho de abusar o coartar la libertad de nuestros hijos, pero tampoco lo tienen ellos de abusar de nosotros o coartar nuestra libertad. Por mucho amor que se pueda tener hacia un padre y por supuesto aún mayor hacia un hijo, siempre será necesario aclarar y poner los límites.
• En un contexto laboral, aceptar maltratos o humillaciones de un superior no nos garantiza que permaneceremos en el empleo, sin embargo sí garantiza que el maltrato y abuso se harán más fuertes. Por ende, bien vale la pena actuar asertivamente para hacer valer nuestros derechos, porque aunque siempre exista el riesgo de ser despedidos, más posibilidades hay de que seamos respetados y tratados como justamente nos merecemos.

Recordemos que siempre seremos responsables de las cosas que permitimos a los demás. Por lo tanto depende de cada uno de nosotros generar los cambios en lugar de quedarnos en el lamento esperando que los otros cambien. Por supuesto es cierto que muchas veces, aunque nos demos cuenta y estemos conscientes del abuso, no contamos o creemos no contar con las herramientas para salir de la situación agobiante, en cuyo caso siempre estará la alternativa de buscar la ayuda terapéutica. No es necesario llegar a situaciones críticas o extremas para decir “ya basta” o aprender a decir NO. Simplemente se trata de buscar un adecuado equilibrio en todas y cada una de nuestras relaciones.

Si nos decidimos podemos hacer que suceda H.Q.S.

Gerardo Velásquez