LA SALUD MENTAL Vs. LA PANDEMIA

Los dos trastornos mentales más comunes y a los cuales estamos todos expuestos son la Depresión y la Ansiedad. Sabemos que hay personas mas susceptibles que otras a padecerlos, pero en cualquiera de los casos, lo que esté ocurriendo en el entorno de la persona es el primer disparador para generar los síntomas de uno o ambos trastornos.
Una pandemia es un entorno muy propio para alterar la respuesta emocional en las personas y es precisamente sobre esto a lo que me quiero referir en este compartir. Cómo y en qué medida estamos expuestos a aumentar las probabilidades de caer en una depresión y/o ansiedad ante la magnitud de alteración del entorno ante esta pandemia.

Es importante estar alertas y reconocer cuando podemos estar presentando síntomas asociados a estos trastornos para actuar y hacer los cambios que estén a nuestro alcance en aras de detenerlos y evitar problemas mayores.

LA DEPRESIÓN
En un estado depresivo, la energía y entusiasmo por la vida disminuye y las emociones predominantes son la tristeza, la apatía y la frustración, que se van a ver reflejadas en pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración.
El ser humano por naturaleza es un ente de interacción social, de manera que el confinamiento en la casa es una de las variables que más puede afectar el estado emocional, dado que hay una disminución significativa de las actividades y rutinas cotidianas, una baja estimulación sensorial y una disminución del contacto social. Esto por supuesto puede ser más impactante en personas que viven solos o que han sufrido trastornos previos que hayan podido golpear su autoestima.
Es importante aclarar que la soledad por sí misma ya es un disparador de la depresión. Sin embargo, vivir solo no es sinónimo de soledad, porque no es igual estar solo que sentirse solo. El que vive solo pero mantiene una interacción social con sus compañeros de trabajo, o el jubilado que vive solo pero participa en diversas actividades donde se relaciona con otros y mantiene un sentimiento de pertenencia, como son los voluntariados o grupos sociales organizados, si puede ahora desarrollar un sentimiento de soledad que lo puede conducir a una depresión.  
Otro factor que puede incidir en la aparición de síntomas depresivos, es el hecho de ser inmigrante y tener la familia o parte de ella en otros lugares o el país de origen y creer que ya no los pueda volver a ver.

LA ANSIEDAD Y EL ROL DE LA INCERTIDUMBRE
Por supuesto que sentirse nervioso o ansioso ocasionalmente es parte de la cotidianidad de la vida, sin embargo cuando este nerviosismo o ansiedad es recurrente es probable que estemos en presencia de un problema de salud denominado trastorno de ansiedad.
A pesar que la incertidumbre es el rasgo más distintivo del entorno en el que nos toca movernos, no pareciera que estamos preparados para vivir en ella. Por el contrario, hemos sido educados para movernos en el mayor margen de certeza posible aunque vivamos en una sociedad tan cambiante, en unas ciudades tan congestionadas, en un día a día de dimes y diretes entre políticos, delincuencia común, etc. Sin embargo, hay un elemento dentro de este caos de vida que suele ser más generador de crisis de ansiedad, como es precisamente la incertidumbre que se manifiesta con facilidad, cuando no sabemos de un ser querido, cuando esperamos una intervención quirúrgica, cuando vemos amenazada la estabilidad laboral u otras, aun peores, que suelen englobar muchas preocupaciones a la vez, como suele ser la Pandemia que hoy vivimos a causa del Corona Virus (COVID-19).

Por supuesto que una Pandemia es algo muy serio y preocupante. Sin embargo en esta oportunidad ésta nos viene acompañada de una variable cuyo impacto tiene un efecto aun mayor generador de ansiedad, como son las redes sociales, que si bien, sería absurdo negar las ventajas de la tecnología comunicacional moderna, en muchas personas se ha desarrollado un comportamiento obsesivo que no las deja ni dormir, solo pendientes de conocer y actualizar su información, muchas veces sin siquiera filtrar lo real de lo irreal o lo necesario de lo innecesario de lo que reciben y retransmiten.
Esta zozobra, cargada de inseguridad, estrés y miedos que van creciendo como una bola de nieve, puede terminar en un severo trastorno de ansiedad.

LAS AMENAZAS Y EL MIEDO A LO QUE PUEDE VENIR

Claro que en una Pandemia las amenazas son reales y no por eso todas las personas van a padecer ansiedad, pero en algunas personas sus síntomas suelen aparecer y acrecentarse, ante la incertidumbre y el miedo exagerado y catastrófico de lo que la persona cree que puede suceder. Sin embargo, si me ocupo, en lugar de preocuparme, y tomo las medidas necesarias sugeridas por los expertos, reduzco las  probabilidades de que ocurra lo que tanto temo.

Los Pensamientos
La emoción predominante en los trastornos de ansiedad entonces es el MIEDO. Y como toda emoción éste es el resultado de lo que la persona piensa ante una situación determinada y NO la situación en sí misma. De la misma manera funciona el miedo en las crisis de ansiedad. Son los pensamientos de lo que la persona cree que puede ocurrir lo que alimenta su ansiedad.
En estos momentos que atravesamos por una crisis real consecuencia de una Pandemia pueden aparecer pensamientos como: “voy a contraer el virus y voy a morir”, “si me contagio, no tendré quien me de ayuda”, “esto va a durar tanto que no tendremos que comer”, “perderé el trabajo y quedaré en la calle”,etc. Y no se trata de negar que esto pudiera ocurrir, se trata de pensar un poco distinto y considerar que en algún momento solo doy cabida a pensamientos catastróficos que me van a ir enfermando.

De manera que la ansiedad siempre va emparentada con la incertidumbre, y se alimentará por dos vías:
1.- Los pensamientos negativos de anticipación que alimentan la sensación de incertidumbre hacia lo que vendrá, potencian el miedo y la espiral ascendente de los síntomas.
2.- La respuesta fisiológica que a su vez genera más ansiedad porque la persona crea nuevos temores asociados a los síntomas en sí mismos.

LA ACCIÓN VERSUS LA INMOVILIZACIÓN
Más que una lista de las cosas que debes hacer o no hacer, mi recomendación la resumo en cuatro áreas fundamentales:
Auto observación: Estar alerta ante la posible aparición de los síntomas mencionados y en nuestros cambios de humor y estados emocionales.
Los pensamientos: Poder establecer la diferencia entre los pensamientos racionales y las distorsiones en los mismos.
El manejo de la información: Poder ser selectivo en la información que se escucha o se lee. El bombardeo de las redes es aterrador y muy estresante. Considera qué te sirve y para qué?.
La acción: Mientras dure la crisis, hay que mantener el contacto social aunque sea por teléfono o por el mejor medio disponible. Seguir dando el cariño y atención a tu cuerpo (físico y mental) y a tu apariencia, aunque no salgas de la casa.

Me inclino a asumir que ya el mundo cambió y de aquí en adelante nos toca hacer las cosas diferentes, pensar distinto y hacer los ajustes en nuestro estilo de vida.

Si podemos hacer que suceda. H.Q.S.


Gerardo Velásquez

EL HOY Y EL MAÑANA DESPUÉS DE LA PANDEMIA

Gracias a estas preguntas que me hace mi amigo Gustavo Yepes https://tucaminoalexito.com, Qué has aprendido? y Qué te hace pensar que el mundo ya no será el mismo? y luego de algunas semanas de estar viviendo esta interesante y delicada experiencia, me siento a reflexionar ubicándome en dos escenarios, el Hoy y el Mañana:

1.- Hoy, me doy cuenta sobre los cambios que he venido dando a mi rutina de vida que apenas unas semanas atrás ni siquiera era capaz de pensar. Hoy he aprendido que no hace falta ser un soldado armado para participar en una guerra. Hoy me siento un soldado, un soldado diferente donde mi labor no es atacar al enemigo sino resguardarme y protegerme lo mejor posible, tanto a mi como a los soldados que me rodean. Estoy aprendiendo a vivir y sobrevivir en una guerra que siempre vi como posible sólo en películas.

2.- Mañana, me despierto y me doy cuenta que sigo vivo, sobreviví a la guerra, y cuando miro atrás reconozco que durante el proceso, aparte de protegerme, aprendí muchas cosas nuevas, por ejemplo, ahora soy un experto en el manejo de reuniones online. Pude conectarme con muchas personas, viejos amigos, viejos estudiantes y nuevas conexiones para mantenerme activo haciendo las cosas que me apasionan y me conectan con la trascendencia, que es y ha sido mi búsqueda al nivel mas alto en la jerarquía de Niveles Lógicos y Neurológicos que aprendí en la Programación Neurolingüística (PNL).
Si antes fui agradecido de sentirme parte de una familia unida y de contar con buenos amigos, ahora más que nunca celebro el hecho de, que no importan las distancias ni las circunstancias, lo que siembres  con tu actitud, presencia y constancia en la interacción con los amigos y con los seres que amas, siempre te dará una extraordinaria cosecha.
También puedo comprobar el poder de la resiliencia como un valor intrínseco en los seres humanos, que tenemos esa capacidad de salir fortalecidos de los momentos apremiantes y difíciles que nos toca atravesar por el hecho de estar vivos.
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Y en ese “mañana” no solo me evalúo yo. También observo como el mundo cambió. La gran mayoría de las personas aprendió a dar más valor a la vida, a sentirse agradecido de haber sido parte de esta generación que vivió y sobrevivió este holocausto moderno. Es como cuando se ha superado una enfermedad muy grave y durante ese proceso de estar jugando entre la vida y la muerte, reflexionamos sobre lo que hemos hecho bien o mal, lo que hemos pospuesto, las palabras de agradecimiento que no dijimos, la llamada y el te quiero que pude hacer y disfrutar, pero que culpando al tiempo y a la ocupada rutina, o sencillamente por descuido, siempre las fui dejando de lado.
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Si!!, quiero creer, que esa nueva actitud ante la vida también pasó a ser, gracias a la pandemia, el otro virus del que afortunadamente quedamos contagiados.

Graciassss!!!!

Podemos hacer un mundo mejor. Hagamos que suceda H.Q.S.

Gerardo Velasquez

LA DIGNIDAD, UN BALANCE ENTRE DEBERES Y DERECHOS


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Cuando hablamos de deberes y derechos de las personas, por lo general el tema siempre se refiere a aquello que está normado en las distintas constituciones de los países o tratados intergubernamentales, donde los Derechos se refieren a beneficios que debe tener un ciudadano y que por lo general el Estado ha de proporcionarlo, mientras que los Deberes son obligaciones que igual el estado le impone al ciudadano y éste debe cumplirlas.
Sin embargo, no es mi intención dirigir mi reflexión a lo que está escrito como norma legal o si se respeta o no se respeta. Lo que si me interesa es dejar mi apreciación sobre aquellos “deberes” y derechos que tenemos los seres humanos y que responden más a la dignidad propia de la persona que a una imposición legal, y también analizar, cómo el ser humano se gerencia a sí mismo entre estos dos conceptos.
Y cuando me refiero a la dignidad me refiero a la capacidad que tiene el ser humano de ser autónomo, como lo cita Pico Della Mirandola en su Discurso Sobre La Dignidad del Hombre, “autonomía que expresa en su capacidad de autodefinirse y autoconstruirse, al realizar cotidianamente procesos de elección en la conducción de su vida”.

LA CAPACIDAD DE ELEGIR QUE ME DA EL SER AUTÓNOMO
Hablar de deberes y derechos es entonces tener claro, que los mismos van a estar en sintonía con esto que estamos llamando la dignidad humana. Por ende, desde esta perspectiva un Derecho es algo que merezco como ser humano y que algunos estamos dispuestos a hacer valer y otros, no solamente no lo hacemos sino que incluso hasta lo ignoramos. Por otra parte, un Deber es una obligación autoimpuesta o aceptada, que vamos a seguir o no seguir en función del beneficio o consecuencia que esta obligación represente. En todo caso siempre será nuestra elección la que va a determinar si defiendo o no mis derechos y cuales deberes voy a seguir y cumplir.

EL PAPEL DE LAS CREENCIAS
Este es un tema un tanto controversial porque el aprendizaje que hemos recibido y por ende LAS CREENCIAS que hemos ido instalando a través de nuestra vida, van a incidir en la forma como vamos a danzar, por una parte con aquello que consideramos o no derechos legítimos y si los hacemos respetar o no, y por otra parte, en cómo y de qué nos vamos a hacer responsables. Y me refiero al tema como algo muy controversial, porque muchas personas pasan la vida creyendo que lo que hacen es lo que “se debe y tiene que hacer” sin siquiera la posibilidad de hacer un cuestionamiento, mientras que como consecuencia de esos “deberías y obligaciones” van dejando de lado sus propios derechos.

Como ser humano puedo citar entre mis derechos: La libertad para decidir qué hacer con mi vida, estudiar, en qué trabajar, vivir en pareja, construir una familia, decir NO ante requerimientos, expresar mi opinión, sentir y expresar dolor, a NO asumir la responsabilidad de los demás.
Para muchos estos derechos parecen obvios y muy positivos, sin embargo nos toca precisar si efectivamente los estamos haciendo valer.
Entendiendo esto, entonces es importante revisar cómo estamos interpretando y en consecuencia actuando en lo que denominamos nuestros deberes.  Nuestros deberes como hijos, como hermanos, como padres, como miembros de una sociedad, una organización o una comunidad. Porque precisamente es aquí donde vamos a ver el efecto positivo o negativo de nuestras creencias. Porque desde este enfoque todos los “deberías” no son más que creencias, que como tales pueden ser cuestionadas y modificadas si su efecto es negativo o limitador. Sobre todo, si estas creencias están actuando en contra de mi dignidad como ser humano y por ende coartando mis derechos legítimos.

LA TRAMPA DE LOS DEBERÍAS
Veamos algunos ejemplos de las creencias, a mi parecer muy negativas y limitadoras, que van disfrazadas en los deberes:
“Deberías mantener para ti tus diferencias de opiniones, especialmente respecto a una posición de autoridad”. NO. La realidad es que tienes el derecho de poder expresar tus opiniones y convicciones, aunque no coincidan con las de alguien más.
“Deberías dar el apoyo cuando te es solicitado”, “tu puedes, por ende debes hacerlo”.  NO. Tienes el derecho es decir No, cuando tu lo decidas, independientemente de quien hace la petición. Siempre es una elección, sobre todo cuando te encuentras diciendo SI pero no quieres dar el apoyo.
“Debes ayudar a tu hermano, a tu amigo, a tu hijo, a tus padres…”  y aquí, por muy duro que suene también digo NO. Yo tengo el derecho de decidir si lo hago y cómo lo hago. Si lo hago porque quiero y puedo, porque me complace hacerlo, está bien, caso contrario, si lo hago sintiendo que es un deber o una obligación me cargo de rabia y resentimientos que iré acumulando con consecuencias negativas sólo para mi.

Son muchos los casos en que una madre viuda o divorciada no es capaz de rehacer su vida sentimental porque el hijo se opone y no lo acepta. Igual es muy común encontrar que el hijo se quede siempre al lado de su madre porque la madre le hace difícil el establecimiento de una relación sentimental. En ambos casos el común denominador es la manipulación, que logra el sentimiento de culpa en el manipulado y aleja la posibilidad de que éste ejerza su derecho de establecerse en una relación de pareja y crear si así lo decide, su propia familia.

Qué creencias encontramos detrás de estos casos? Por ejemplo, “Los hijos son la prioridad, lo demás no importa” o “la madre es la prioridad…” cuando en la realidad los hijos en su momento van a ejercer su derecho y se van a ir y la madre que hoy tiene miedo a quedarse sola y te manipula, también en su momento decidió abandonar su casa y ejercer su derecho de vivir en pareja y hacer su propia familia.
Y es que no se trata de que querer y apoyar a los padres o a los hijos sea negativo, lo que yo insisto es en revisar la creencia que en un momento determinado se ha transformado en una imposibilidad para el ejercicio de mis derechos. Una creencia sana en estos casos podría ser “mi madre (mi hijo) es muy importante y siempre le daré el apoyo que esté a mi alcance, sin limitar mis derechos”

En lo particular me quedo con esta creencia. “Yo tengo mis derechos y los haré valer sin hacerle daño a nadie”. Y mi único deber es “aceptar que lo bueno, lo regular y lo malo que a mi me suceda Yo y solo Yo, soy el responsable”. Por supuesto esta manera de pensar sigue siendo una creencia y se vale estar en desacuerdo.

Siempre podemos hacer cambios en nuestra vida. Siempre podemos actuar y hacer que sucedan esos cambios. H.Q.S.

Gerardo Velásquez

CUANDO LA RESPONSABILIDAD DEL ADULTO SIGUE EN LOS PADRES

Soy de la opinión que como seres humanos tenemos derechos, que muchas veces no defendemos y “deberes” que la mayoría de las veces nos son impuestos y los asumimos sin siquiera cuestionarlos. En las relaciones padres / hijos, es donde es mucho más común encontrar por una parte, grandes dificultades para poner límites y hacer cumplir nuestros derechos y por la otra, la aceptación y auto imposición de deberes para con nuestros padres o nuestros hijos.

Una de estas distorsiones está en la mal llamada “extensión de la adolescencia” donde se habla de llevarla hasta edades que superan abiertamente la edad donde somos legalmente considerados adultos. Otra es en aquellos casos, que independientemente de la edad y el status de la persona, ésta sigue viviendo bajo la tutela, dirección y control de sus padres, muchas veces incluso bajo una total dependencia económica.

DONDE QUEDA LA MADUREZ
Es difícil siquiera imaginar que un adulto alcance una auténtica madurez si es partícipe de un juego de codependencia con sus padres. Y es que generalmente esta situación se ha venido construyendo con una sobre protección que los padres han venido dando al hijo desde muy temprana edad y que luego suele traducirse en inseguridad, poco confianza en sí mismos y dificultad para hacer su propia vida una vez que son adultos.

De niños es lógico y hasta necesario que los padres sean los responsables del proceso de educación y crecimiento, de adolescentes han de conocer y entender que lo que tienen no viene de la nada, alguien está haciendo algo para que ellos tengan lo que tienen y a la vez han de aprender que sus acciones tienen consecuencias, tanto positivas como negativas. De adultos, lo sano es asumir la completa responsabilidad de su vida, sin embargo, es aquí, donde muchos adultos traen un aprendizaje errado y generalmente reforzado, que hace que sigan girando en torno a sus padres, dándose a sí mismos y a los otros diferentes explicaciones, como lo “difícil” de la vida, las imposibilidades reales o creadas, la obligación de cuidar a sus padres ya ancianos con el pretexto de que el resto de los hermanos se ha ido y han hecho sus vidas, como usualmente debe ser, y le han dejado esa inmensa obligación de quedarse a su lado para cuidarlos, acción por supuesto que aunque pueda lucir muy noble, en realidad es la continuidad de una eterna codependencia con ellos.

EL JUEGO ES DE DOS
Por supuesto, que esta situación de distorsión y acción en la asunción de la responsabilidad, tiene o ha tenido para sus protagonistas una ganancia secundaria que muchas veces puede ser muy consciente y otras no tanto.
Si hablamos de los padres por ejemplo, aunque muchos se puedan quejar de la falta de autonomía del hijo, contradictoriamente la refuerzan, ya que uno o ambos de los padres no se sienten satisfechos con su propia vida, tienen problemas de pareja, son madres o padres solteros, o muchas otras razones que esconden miedos de enfrentar su propia realidad, miedo a quedarse solos o miedo a no saber que hacer con su vida si el hijo ya no está.
Por su parte el hijo que no se hace responsable de sí mismo, no solo tiene el beneficio de tener “todo hecho”, también tiene miedo, se siente inseguro y con falta de confianza para independizarse y prefiere mantenerse bajo la protección de sus padres.

De manera que es un juego con dos o tres jugadores, el hijo, los padres o uno de los padres. Uno dirige y el otro se deja dirigir. Uno sobre pasa los límites y el otro sencillamente no los pone.

LAS CONSECUENCIAS
Los adultos que mantienen este tipo de relación por lo general van a tener dificultades en distintas áreas, como su realización en lo laboral, en lo económico, en las relaciones sociales y más específicamente en la construcción y mantenimiento de una relación de pareja sana, ya que suelen querer trasladar su dependencia hacia su pareja y por ende se terminan comportando igual como si ésta fuera su mamá o su papá.

Aunque puedan hacer consciente su problema, no saben como dirigir sanamente su vida. Necesitan su propio lugar en el mundo, pero no saben cómo construirlo.

Como buen amante de las metáforas, llega a mi mente este cuento que una vez leí en el libro “De la Autoestima al Egoísmo” de Jorge Bucay:

Cuentan que un día, la madre despertó a su hijo alrededor de las siete de la mañana y éste le dijo:
- No quiero ir a la escuela mamá, no quiero...
Pero tienes que ir de todas maneras, hijo - contestó la madre comprensiva.
Pero no quiero -dijo el hijo- no quiero. Déjame faltar, mami. Por favor... -- No quiero ir más, mami siguió, me da miedo la escuela, mami. Me da mucho miedo ir...
- Pero ¿qué es lo que pasa, hijo, que nunca quiere ir a la escuela?
- Los niños me tiran tizas y me roban las cosas de mi escritorio, mami -lloriqueó, ...y los maestros me maltratan... y se burlan de mí... No quiero ir, mami. Déjame faltar, mami... déjame... 
Mira hijo -dijo la madre, firme-, tienes que ir de todas maneras por cuatro razones: la primera, justamente para enfrentar ese miedo que te acosa. La segunda, por que es tu responsabilidad. La tercera, porque ya tienes cuarenta y dos años. Y la cuarta... porque eres el director
  
Lo importante es tomar absoluta consciencia de su problema y si quiere siempre será posible trabajar sus miedos, ajustar sus creencias y redireccionar el curso hacia la reconstrucción de su identidad y en consecuencia alcanzar una real madurez.
Siempre se puede hacer que suceda el cambio. H.Q.S.

Gerardo Velásquez



LA AUTOESTIMA Y EL AMOR A SÍ MISMO




Es muy común escuchar frases acerca de cuan alta o baja tiene la autoestima una persona, un amigo, familiar o nosotros mismos, generalmente sin prestar mucha atención a tales afirmaciones y por ende, sin darle la importancia respectiva, a pesar que la autoestima puede tener la incidencia más significativa para alcanzar logros o poner barreras, así como una enorme influencia en los sentimientos y el estado emocional de una persona. De allí que conocer, entender, cultivar y desarrollar la autoestima reviste una importancia relevante para todas las personas y vale la pena dedicar unas líneas a este interesante tema del comportamiento humano.

El término Autoestima se refiere al valor (justo o no) que tiene la persona sobre sí misma, en relación con sus competencias, habilidades y personalidad como tal. A su vez este concepto está profundamente asociado con la comunión del individuo consigo mismo y con los demás. Se ha llamado a la autoestima la clave del éxito personal, porque ese “sí mismo” a veces está oculto y sumergido en la inconsciencia o en la ignorancia.

El origen de la autoestima se inicia desde el nacimiento de la persona y el conjunto de experiencias que rodean ese acontecimiento y seguirá estructurándose a lo largo de la vida con las experiencias, vivencias y aprendizaje de cada individuo, para determinar lo que podemos llamar la imagen del “yo” o “autoimagen”. Esta autoimagen no es otra cosa que la individualidad humana a partir de donde se manifiestan las dimensiones emocional, física, intelectual, interpersonal y social de la persona. De la calidad de este proceso estructural acumulativo se construye el autoconcepto que se verá matizado por el amor, el respeto, el apoyo, el odio, el castigo y el abandono. En consecuencia, esa conformación de la autoestima tendrá ese matiz definido por niveles alto, medio o bajo.

Algunas personas se ven a sí mismas como inteligentes, simpáticas, seguras competentes, creativas, exitosas, etc. mientras otras por el contrario se perciben como fracasadas, incompetentes, mediocres, inseguras, conformistas, etc. Pudiendo en ocasiones esa imagen corresponderse o no con la realidad. De manera que hay personas que tiene un alto concepto de sí mismas y otras que tienen un bajo concepto de sí mismas.

La realidad es que todos tenemos un potencial que puede ser truncado por nosotros mismos o impulsado a su desarrollo. La autoestima es la fuerza que le da sentido y dirección a ese desarrollo, es la que potencia o limita nuestras capacidades.

Es importante destacar que la autoestima nada tiene que ver con la vanidad. Una autoestima alta no es pensar que yo soy lo que no soy, es saber realmente quien soy, conocer y aceptar que hay aspectos en los que tenemos ciertas capacidades y otros en los que no las tenemos. La clave está en olvidarnos de la búsqueda de aprobación y dejarnos ser en nuestra forma más auténtica, de manera que nuestra confianza en nosotros mismos pueda evolucionar y se puedan reconocer los frenos y bloqueos que impiden nuestro crecimiento y desarrollo. Se trata entonces de hacer conciencia de lo que está sucediendo conmigo y en mí, aquí y ahora, sin miedo a que los demás puedan conocer la parte menos querida de mí. Es asumir mis errores y mis limitaciones del mismo modo que asumo mis éxitos y mis virtudes, dejando a un lado las justificaciones acerca de lo que se ha hecho o dejado de hacer y conectarnos con el placer de vivir las experiencias y crecer con ellas.

LA ESCALERA DE LA AUTOESTIMA
Un interesante planteamiento para conocer y desarrollar la autoestima lo presenta Schuller (1981) a través de la llamada escalera de la autoestima que va en una sucesión de pasos desde el autoconocimiento que se refiere a conocerse a sí mismo, sus necesidades, limitaciones y habilidades, como actúa y siente, es decir todos sus elementos y la interacción de éstos en su personalidad. Dependiendo de este autoconocimiento el individuo logrará tener una personalidad fuerte y unificada o una personalidad débil y dividida. El siguiente nivel es el autoconcepto constituido por una serie de creencias acerca de sí mismo, que se manifiestan en su conducta. Si alguien se cree tonto actuará como tonto, si se cree inteligente o apto, actuará como tal. Sigue en ascendencia la autoevaluación, que consiste en la capacidad de evaluar las cosas como buenas para el individuo, si le satisfacen, si son interesantes, enriquecedoras, le hacen sentir bien, le permiten crecer y aprender o carecen de interés, le hacen daño y no le permiten crecer. Sigue el escalón de la autoaceptación, que es admitir y reconocer todas las partes de sí mismo como un hecho, como la forma de ser y sentir, ya que sólo a través de la aceptación se puede transformar lo que es susceptible a ello. El próximo nivel es el autorrespeto que va asociado a la atención y satisfacción de las propias necesidades y valores. Expresar y manejar en forma conveniente sentimientos y emociones, sin hacerse daño ni culparse. Buscar y valorar todo aquello que lo haga sentirse orgulloso de sí mismo. Finalmente se llega a la Autoestima que es la síntesis de los pasos anteriores. Si una persona se conoce y está consciente de sus cambios, crea su propia escala de valores y desarrolla sus capacidades, se acepta y se respeta, tendrá autoestima. Por el contrario si una persona no se conoce, tiene un concepto pobre de sí misma, no se acepta ni se respeta, entonces carecerá de autoestima.


EL SER VS. EL DEBER Y PODER SER
Para cerrar con este tema de la autoestima es importante resaltar que en gran medida los problemas que inducen a su mal desarrollo, van asociados a los mandatos e imposiciones que desde muy pequeños vamos recibiendo de nuestros padres, maestros y el entorno social en general, que van generando en nosotros las creencias potenciadoras o limitadoras, con aprendizajes falsos de lo que debería ser o no ser, lo que puedo o no puedo ser o de lo que puedo o no puedo lograr en la vida.

Si me empeño en ser lo que no soy por alguien que sólo es consecuencia de mis “debería ser”, lo más probable es que mi esfuerzo sea en vano, generando una frustración que puede terminar agotando mis deseos, energía y voluntad e incluso terminar encerrado en una severa depresión. Del mismo modo, cualquier cosa que quisiera hacer estará supeditada a esas creencias de tener o no tener la capacidad y por ende la posibilidad de lograrlo. De allí que uno de los grandes síntomas de la depresión sea precisamente una baja significativa de la autoestima. De manera que de lo que se trata es que nos manifestemos plenamente como somos y no como “deberíamos ser”. Es ser quien soy y no quien los demás quieren que sea. Dependiendo de cómo nos tratemos a nosotros mismos así nos tratarán los demás. De nosotros depende.

Quiero concluir citando a Virginia Satir (1989) quien enuncia “Los Cinco Derechos” de las personas y que a continuación señalo:
1. Tengo derecho de ver y escuchar lo que hay aquí, en vez de lo que debería haber, hubo o habrá
2. Tengo derecho a decir lo que siento y pienso, en vez de lo que debería decir
3. Tengo derecho de sentir lo que siento, en vez de lo que debería sentir
4. Tengo derecho de pedir lo que desee, en vez de aguardar a que me den permiso
5. Tengo derecho a correr riesgos por propia cuenta, en vez de querer sólo lo seguro.

Una buena autoestima es la clave del desarrollo de toda persona, del bienestar, del éxito y de la satisfacción de vivir. Tu eres la persona más importante para ti, independientemente de los mensajes contrarios que pudiste haber recibido y siempre estarás a tiempo en hacer los cambios que desees hacer.

Gerardo J. Velásquez D.




EL MAL HÁBITO DE VIVIR EN LA QUEJA


Si nos detuviéramos un poco a revisar las cosas buenas que rodean nuestra vida, seguramente muchos quedaríamos sorprendidos al ver aspectos que son muy valiosos y que sencillamente aceptamos como “normales” sin darnos cuenta que esa “normalidad” no es así en el común de las personas. 
Elementos como la salud, techo, comida, vestido, agua, electricidad, familia, amistades, no siempre están presentes en todas las personas, de manera que los que tenemos la dicha de contar con ellos, tenemos motivos para celebrar. Si agregamos otros como un trabajo, tiempo para disfrutar, el dinero suficiente para cubrir las necesidades básicas o algunos bienes materiales, entre otros, las razones para dar gracias a la vida se incrementan.

Sin embargo, a pesar de todas estas cosas buenas que tenemos, muchas personas viven en un permanente lamento y se empeñan en resaltar todos los aspectos negativos que se les pueden presentar como consecuencia lógica del devenir de la vida. Quieren tener un carro, pero les molesta pagar el seguro o el mantenimiento, quieren vivir en pareja, pero se quejan de los defectos de la que tienen, deciden tener hijos y se quejan de los hijos, no les gusta el trabajo que tienen, pero en lugar de cambiarse arrastran los pies para ir a trabajar, y así se les va el tiempo quejándose de las cuentas por pagar, del calor, del frío, de la sequía, de la lluvia, del jefe, de los compañeros de trabajo, etc. etc.

El problema se torna más serio, porque las personas “adictas” a la queja no son capaces reconocer que han hecho de la queja un estilo de vida, un hábito dañino que les coarta la posibilidad de disfrutar y vivir la vida de una manera más plena y agradable, haciendo no sólo su vida insoportable, sino la vida de sus seres queridos más cercanos quienes no encuentran la manera de lidiar con esas actitudes y algunas veces optan por apartarse, cansados de intentos frustrados de generar un cambio.

Abrir Posibilidades y Pasar a la Acción
No podemos confundir la insatisfacción con la queja, históricamente es la insatisfacción la que ha movido a la gente a cambiar. A crear cosas, soluciones, inventos, mejoras. Por lo tanto la insatisfacción suele ser saludable cuando se convierte en la motivación a la superación. Ahora, deja de ser saludable cuando se queda estancada en forma de queja y no de acción creativa para la mejora de nuestras circunstancias.
La queja es apartarse del problema y no reconocer que uno tiene responsabilidad para poder abordar una solución. Entonces me quejo de que estoy gordo y no cuido mi alimentación ni salgo a realizar algún ejercicio, me quejo de la rutina y no hago nada para cambiarla, me quejo de mi trabajo pero no soy capaz de buscar otro o de prepararme y adquirir nuevas capacidades y relaciones que abran el abanico de opciones.
Nada ganamos con mantenernos en la queja esperando que las cosas cambien. Es necesario asumir la responsabilidad y actuar en procura de aquello que queremos cambiar.

De acuerdo a la Física Cuántica, en la llamada Ley de la Atracción, se expresa que todo lo que está llegando a tu vida, tú lo estás atrayendo. Sin embargo, de acuerdo a esta ley nuestro cerebro no hace diferencia de que lo que estás pensando sea bueno o malo, o si lo quieres o no lo quieres. Simplemente asocia y atrae al estímulo que está presente en el pensamiento. De manera que las cosas o situaciones de las que te quejas, son más atraídas en lugar de ser alejadas. Por ende la queja pasa a ser absolutamente negativa y destructiva de toda posibilidad de cambio para bien.
Esta posición nos la presenta esta metáfora de Jean-Claude Carriére, guionista y escritor francés:
“En los tiempos de Salomón, el mejor de los reyes, un hombre compró un ruiseñor que tenía un canto excepcional. Lo puso en una jaula donde al pájaro nada le faltaba, y este cantaba durante horas y horas, para admiración de los vecinos.
Un día en que la jaula había sido colocada en un balcón, se acercó otro pájaro, le dijo algo al ruiseñor y se fue volando. Desde aquel instante el incomparable ruiseñor permaneció en silencio.
El hombre, desesperado, llevó a su pájaro ante el rey profeta Salomón, que conocía el lenguaje de los animales, y le pidió que le preguntase por las razones de aquel mutismo. Así lo hizo el profeta y entonces el pájaro le dijo a Salomón:
‘Antes yo no conocía ni cazador ni jaula. Entonces me enseñaron un apetecible cebo y, empujado por mi deseo, caí en la trampa. El cazador de pájaros que me atrapó, me vendió en el mercado, lejos de mi familia, y me encontré en la jaula del hombre que aquí ves. Empecé a lamentarme día y noche, lamentaciones que ese hombre tomaba por cantos de agradecimiento y alegría. Hasta el día que otro pájaro vino a decirme: “Deja ya de llorar porque es por tus gemidos por lo que te guardan en esta jaula.” Entonces decidí callarme”.
Salomón tradujo estas frases al propietario del pájaro. El hombre se dijo: ‘¿Para qué guardar un ruiseñor si no canta?’ Lo puso en libertad y el pájaro volvió a cantar.”

La Queja Vs. El Reclamo. Un problema de comunicación
Aparte del hábito de la queja del que hemos venido comentando. Cuando se trata de relaciones hay otra variedad que se disfraza en los supuestos reclamos.
Cuando se trata de diferencias que tenemos con otras personas con las que nos relacionamos, bien sea la pareja, familiares, compañeros de trabajo o amigos, muchas personas dirán que es necesario quejarse porque si no lo hacen pueden abusar de ellos. En este caso vale la pena traer a colación una importante distinción que una vez aprendí en mi formación como Coach Ontológico, donde se hacía una clara diferenciación entre la QUEJA y el RECLAMO, los cuales aunque parecen sinónimos, no lo son.

Cuando se hace referencia a la QUEJA, lo que suele suceder es que la persona se lamenta y protesta porque tiene una expectativa de algo que no se cumplió o no se está cumpliendo, sin que necesariamente haya existido un compromiso previo, sino solo porque, por ejemplo, la persona piensa que las cosas deben hacerse de una determinada manera porque eso “es así”, porque “así debe ser”, porque “al buen entendedor pocas palabras” o sencillamente porque eso “es obvio”.
Por otra parte, el RECLAMO es el derecho que tiene una persona ante otra de expresar su malestar ante una promesa que no se le cumplió o no se le ha cumplido, o ante el no recibimiento de un servicio u objeto por el que ha pagado. Por ende, abstenerse de quejarse no necesariamente significa soportar malas conductas o actitudes. No hay nada de malo y estás en tu derecho cuando reclamas asertivamente ser respetado, o cuando le dices al mesonero que tu sopa está fría y que necesita ser calentada. Lo importante aquí es entender bien esa diferencia y precisar lo que esperamos de los demás sin dar por sentado que ellos lo tienen claro.

Romper el Hábito
Como lo expresaba al inicio, el mantenernos en la queja es un hábito, una cuestión de actitud. Por lo tanto no es fácil darnos cuenta que estamos en él y de ahí que cambiarlo se haga más difícil, porque siempre será muy fácil encontrar algo de que quejarnos y argumentos para sustentar la queja. Del clima, del tránsito, de la inseguridad, de las mentiras de los políticos, de la salud, del dinero que no alcanza, etc., etc. Pero la gran verdad es que todos tenemos muchas más cosas y motivos para agradecer.
Es necesario deshacernos de la costumbre de quejarnos y eso se logra tomando consciencia de que nos estamos quejando para poder corregirlo. Para romper un hábito hay que procurar tenerlo lo más consciente posible y hacer cambios previamente pensados, que han de introducirse justo en los momentos en que se suelen presentar las actitudes del hábito que queremos cambiar.
Por ejemplo, puedes darte un tiempo para reflexionar sobre todas las cosas positivas que tienes y aprecias en tu vida, y cada vez que sientas ganas de quejarte (de lo que sea) lee tu lista de cosas positivas que aprecias en tu vida o piensa en algo agradable que te hace sentir feliz. También puedes encontrar siempre un lado positivo ante la queja. Por ejemplo “que trabajo tan aburrido” se puede cambiar por “que bueno que tengo trabajo” “se que puedo encontrar otro mejor más adelante”.
Manteniendo una observación especial de tus pensamientos y palabras, en lugar de la queja siempre podrás encontrar algo por qué agradecer de corazón.

El Reto de los 21 Días
Una excelente propuesta para romper el hábito de la queja lo propuso el pastor dirigente de la Unidad de la Iglesia de Cristo, en Kansas (EEUU) Will Bowen, a quien se le ocurrió crear, en julio de 2006, el "Reto de los 21 días" con el propósito de ayudar a los miembros de su comunidad a eliminar la cultura de quejarse y sus nocivos efectos.
Su propuesta fue muy simple, entregó a cada uno una pulsera morada con la leyenda UN MUNDO SIN QUEJAS y le pidió “colocarás la pulsera en tu muñeca y la vas a mantener durante 21 días sin emitir ningún tipo de queja o crítica”, así sea "me duele la cabeza" o "nada me está saliendo bien". Si durante este período emites algún lamento, debes cambiar la pulsera de muñeca y debes volver a empezar”.
La mayoría de los participantes logró superar este reto, pero les tomó un mínimo de 5 meses, un tiempo que evidencia la presencia de la cultura de la queja en nuestras vidas.
En el análisis de esa propuesta destacan que muchas personas que decían que no se quejaban demasiado, con el ejercicio se dieron cuenta que lo hacían unas 20 veces en promedio al día.
Tú también puedes, usando cualquier cosa, no necesariamente una pulsera morada, asumir este reto de 21 días sin quejas, sin críticas y sin chismes. Si lo logras seguramente tendrás mejor ánimo, menos dolores, relaciones más favorables, mayor autoestima, etc. 

Ya sabemos que lo único que ganamos con la queja es sentirnos peor. Es importante recordar siempre que no es la situación el problema lo que lo convierte en un problema, es la forma como la afrontamos. Por ende en lugar de quejarnos del problema lo sano es avocarnos a resolverlo. Siempre seremos responsables de nuestro propio cambio.

Gerardo J. Velásquez D.


ASUMIENDO LA RESPONSABILIDAD DE TU VIDA


Basta prestarle atención a las conversaciones del día a día con familiares, amigos, colegas, compañeros de trabajo, etc. para caer en cuenta que en un altísimo porcentaje, cuando se tratan asuntos o problemas que afectan particularmente a una persona, con mucha facilidad esta persona encuentra que tales problemas tienen su origen en el entorno, poniendo la responsabilidad o “culpa” afuera. Así entonces se escuchan juicios como: “es que mi jefe es un amargado”, “mi pareja me hace enojar”, “no estudié porque no tuve quien me ayudara”, “es que mis hijos no quieren entender que…”, “es que con este gobierno…, con este patrono…, con este clima…” y así un sinnúmero de argumentos que si bien pueden servir de alguna forma de alivio, ya que elimina los juicios hacia sí mismo que muy pocos quieren aceptar, por otro lado representa una casi absoluta imposibilidad de reacción para abordar satisfactoriamente la situación que en un momento dado o incluso por años viene afectando a la persona, ya que desde esta manera de ver, escuchar y sentir al mundo, siempre será el entorno el que ha de moverse o actuar para que las personas puedan ser más o menos felices.

La Responsabilidad:
El concepto de Responsabilidad desde el punto de vista psicoterapéutico es uno de los pilares fundamentales que toda persona ha de entender si quiere realmente avanzar en su salud mental y emocional. La Psicoterapia Gestalt ha sido una de las corrientes que más ha aclarado el punto, siendo la Responsabilidad uno de sus principios fundamentales, el cual consiste en que las personas han de hacerse responsables de todo lo que dicen o hacen en su vida, independientemente del esfuerzo o resultados de tales acciones, sean éstos buenos, regulares o malos. Es entender que, una vez que soy adulto, siempre soy “yo” quien decido hacer lo que hago, decir lo que digo, vivir o trabajar donde vivo o trabajo y estar con quien quiera estar.
Se trata entonces de dejar de culpar a otros o a la vida por mis resultados no deseados y tampoco, asumir responsabilidad de las acciones y resultados de otros adultos con los que mantengo relaciones.

Historia y Cultura:
Lamentablemente, tal vez por razones de costumbre y hasta culturales, desde pequeños empezamos a aprender que las cosas que nos ocurren generalmente responden o tienen su origen en el entorno, entendiendo por este entorno a todo aquello animado o inanimado al que haremos responsable, o como popularmente se habla “le echaremos la culpa” de todo lo que nos sucede. De esta forma ya cuando el niño está empezando a caminar y por razones obvias de su proceso de aprendizaje tropieza con la mesa y cae, nunca falta un familiar que alienta al niño pegándole a la “mesa maluca” que se atravesó en su camino. Desde allí comienza el aprendizaje que seguirá en el colegio, donde en su proceso natural de aprendizaje y adaptación tendrá diferencias con otros niños, pero escuchamos a su mamá que dice “él no golpea a otros niños, él se defiende… el otro empezó”, y así sigue el niño aprendiendo que la maestra es buena o mala, que el profesor “lo raspó”, y va creciendo siempre viendo afuera la responsabilidad, encontrándose de adulto con las naturales excusas que lo libran de todo pecado, que si no tuve un padre, que si el jefe, que si el gobierno, que mi pareja, que el clima o cualquier persona o aspecto del entorno a quien pueda recostar esa responsabilidad.

Una cuestión de elección:
Como expresa Jorge Bucay, en su libro Cuentos Para Pensar, “…si bien es cierto que yo no puedo hacer todo lo que quisiera hacer, es absolutamente cierto que cualquiera puede No hacer lo que No quiera hacer”. De manera que entonces soy totalmente responsable de todo lo que hago o dejo de hacer y por ende de sus consecuencias. Que lo hago por evitar algo, para conseguir algo, por alguien, etc. No importa, siempre será mi elección y mi responsabilidad.
También de esta manera estaré tomando conciencia que no es el otro quien puede hacerse cargo de mis elecciones, ni yo, a menos que yo lo quiera, hacerme cargo de las suyas. Porque salvo cuando somos niños y forzosa y necesariamente somos totalmente dependientes, siempre seremos responsables de lo que elegimos ser, no importa que queramos echarle la culpa al medio, a las circunstancias o a los otros. Se trata de una elección. Elegimos lo que queremos ser o hacer, elegimos a nuestros amigos, elegimos a nuestra pareja, donde aceptamos trabajar, nuestros comportamientos, y algunos con razón podrán decir, bueno pero no elegimos a nuestros padres o a nuestros hijos, sin embargo siempre será nuestra elección aceptar o no manipulaciones, mandatos, maltratos, malcriadeces, etc. De modo que siempre será nuestra responsabilidad.

Soy “Yo” no es “Uno” o “La Gente”:
Una manera de darse cuenta y tomar más conciencia de los problemas que nos toca enfrentar es prestándole atención a nuestro lenguaje. Aunque estemos haciendo ver que nos referimos a nosotros mismos, no es lo mismo decir por ejemplo “porque uno en esta situación se tiene que molestar” a decir “Yo ante esta situación me molesto”. Cuando digo “uno”, “la gente” u otra generalización, no hago referencia a alguien en especial y asumo que el hecho afecta por igual a todas las personas, de manera que pareciera que se escapa de mis manos la posibilidad de actuar para que “a mi” y no “a uno” o “a la gente” me deje de molestar tal situación, o ponga los límites asertivamente para evitar que se repita o siga ocurriendo.
Por otro lado “uno se tiene que molestar” deja una obligación ficticia de “tener” que molestarse. Se trata de convertir el lenguaje impersonal en personal y aprender a asumir la responsabilidad de nuestras acciones o reacciones, siendo entonces un ser más activo que hace cosas, en lugar de un ser pasivo al que le suceden las cosas.

La responsabilidad y el cambio:
Como ya lo he expresado, colocar la responsabilidad afuera puede representar cierto alivio y también evitar un desagradable sentimiento de culpa, sin embargo es muy importante destacar que a la vez que repartimos culpas y responsabilidades, se hace más difícil poder avanzar en la solución de situaciones o problemas que hemos de enfrentar, ya que por definición, si la causa está afuera, no depende de mi actuar para generar un cambio, sólo me quedaría esperar o pedir a Dios que los otros cambien. El problema está en que yo tengo todo el poder para hacer cambios en mí mismo, pero muy poco poder, por no decir cero poder, para hacer que los demás cambien.
Se trata entonces de dos elementos claves y necesarios para el cambio, aceptar mi responsabilidad y por supuesto querer el cambio con todas sus posibles consecuencias. Me toca agarrar el testigo y seguir el camino.

En una ocasión una colega en ton de adivinanza me preguntó ¿cómo hace un psicólogo para cambiar un bombillo? y luego de dar algunas respuestas fallidas, me acotó, “no hace nada, simplemente espera que el bombillo quiera cambiar”. Esta metáfora ilustra la falacia de pensar que el psicólogo, el psiquiatra, el sacerdote, el sanador, el astrólogo, el docente o cualquier otro con funciones similares pueda tener el poder de cambiar a alguien que no quiera cambiar. Sencillamente no es posible.

Es necesario aceptar e involucrarme con la totalidad de lo que estoy haciendo, así como sentir que soy yo quien lo está sintiendo. Es necesario tomar la responsabilidad de mis emociones y entender que queramos o no, somos absolutamente responsables de nosotros mismos. Y esto es también entender que no somos responsables de los problemas de las otras personas, que así como entiendo y asumo mi responsabilidad, cada quien ha de hacer igual con lo suyo. Acotación que hago, dada la cantidad de personas que viven lamentándose porque "tienen" que ayudar o hacerse cargo de problemas de familiares o amigos. Por supuesto no significa que esté mal ayudar a alguien, lo que no me parece bien es hacerlo como una obligación.

Asumiendo el control responsablemente:
La invitación entonces es a que tomemos y aceptemos el control para dirigir nuestra vida. Se trata de vivir como yo quiero y no como los demás quieren, porque aunque no planificamos nuestros sentimientos y emociones sino que aparecen como reacciones ante eventos internos o externos, hemos de entender que estas son reacciones derivadas de nuestros pensamientos y creencias, de manera que aunque sea de forma automática e inconsciente también tengo cierta responsabilidad en tales emociones, y aún más somos completamente responsables de lo que hacemos como consecuencia de esos sentimientos o emociones.

Se trata de una fórmula sencilla, ante el evento, sea este externo o interno, dejamos rodar un pensamiento que desencadenará la emoción y la consecuente reacción, y ¿quién puede hacerse responsable de mi pensamiento?. No es que alguien me ofenda, es que yo me siento ofendido; no es que mi pareja me maltrata, es que yo acepto ser maltratado; no es que el jefe o en mi trabajo abusen de mi, es que yo me siento abusado o permito que abusen de mi…, y pudiera llenar hojas con ejemplos, lo que siempre estará presente es que con esta manera de vivir siempre habrá algo o alguien que tendría que cambiar para yo poder ser feliz. Bien vale la pena mantener y no ceder ese poder y estar dispuesto a decir “yo soy quien soy y de eso me hago responsable”


GERARDO J. VELÁSQUEZ D.