GERENCIANDO NUESTRA CALIDAD DE VIDA


Hablar de Calidad de Vida nos lleva a pensar en los diferentes aspectos que atañen a todos los seres humanos, es hablar en primer lugar de estar sanos física, emocional y espiritualmente, es hablar de las condiciones en que se vive, es hablar de las relaciones a todo nivel, sean éstas familiares, sociales o laborales. Es pensar que una buena Calidad de Vida debe ir asociada a la mejor sintonía del ser humano con su entorno y por supuesto, consigo mismo. Y esta sintonía no se puede dejar al azar o al destino. Esto ha de ser en definitiva la responsabilidad de cada uno. No es el médico el responsable de mi salud física, no es el sacerdote o el sanador el responsable de mi salud espiritual, no son mis amigos, mi pareja ni mi familia, los responsables de mi tranquilidad emocional. De manera que vale la pena reflexionar y tomar acciones en aras de ir asumiendo la total responsabilidad por nuestro Bienestar General.

Por distintas razones muchas veces vamos dejando pasar el día a día, inmersos en una rutina de vida donde solo nos abocamos al trabajo o a las rutinas del hogar. En ocasiones ni siquiera prestamos atención a los alertas que nos envía nuestro cuerpo y solo cuando llegan las enfermedades acudimos al médico. Por otra parte, sin darnos cuenta nos pasamos el tiempo quejándonos de uno o varios aspectos de nuestra vida por los cuáles nos sentimos insatisfechos, pero sin hacer nada para buscar mejorías en esos aspectos, o peor aun, justificando o justificándonos para acentuar y paralizarnos ante tales insatisfacciones.

ASUMIR LA “GERENCIA” DE NUESTRO SER

Cuando utilizo la palabra “Gerenciar” quiero hacer énfasis en que al igual que se maneja un proyecto, un negocio o una empresa, donde hay que planificar, organizar, dirigir, controlar y supervisar para hacer los ajustes permanentes en la búsqueda del éxito del proyecto o negocio, de la misma manera podemos vernos a nosotros mismos como una empresa, como un proyecto, el cual nos ha sido delegado para que seamos nuestros propios gerentes y como tales, sepamos dirigir el rumbo de nuestras vidas. En otras palabras me toca ser mi propio Gerente.
En este sentido, y pensando en términos gerenciales nos toca visualizar a dónde queremos llegar, qué es lo que realmente queremos en nuestra vida. Sin embargo, no siempre tenemos claro qué es lo que queremos y en algunos casos dejamos que la inercia nos lleve, sin ningún plan de acción y muchas veces completamente desorientados.

Como buenos gerentes de nuestra vida podemos empezar por establecer nuestra propia Visión. En ocasiones esta visión puede parecer confusa, sin embargo basta con soñar despierto, luego hacer los ajustes en términos de factibilidad y poner en acción los elementos necesarios para encaminarnos en dicha visión. En ese camino hacia nuestra visión personal es importante:
* Hacer una revisión de nosotros mismos, de nuestras capacidades y habilidades, de nuestras creencias y cambiar aquellas que puedan ser limitantes.
* Observar y analizar el ambiente donde nos movemos, incluyendo las personas que están en ese entorno para hacer los ajustes necesarios.
* Establecer estrategias anticipativas y proactivas, previendo posibles situaciones y anticipando lo que pudiese suceder.
* Estar alertas y ser lo suficientemente flexibles para enfrentar y si es necesario ajustar las acciones, de acuerdo a las situaciones que necesariamente van a ir apareciendo como consecuencia de la dinámica cambiante de nuestra vida.
* Y por supuesto, asumir el liderazgo en nuestras decisiones y acciones

Cada visión personal tendrá sus aspectos particulares, pero podemos asegurar que en esencia lo que se busca es el bienestar general, es decir 
el óptimo estado de bienestar físico, emocional, espiritual y social. Y aunque cada una de estas áreas forzosamente va a incidir en las otras, podemos segmentarlas como “Departamentos” interdependientes para precisar con mayor efectividad los planes y acciones en esa conexión con la Visión Personal.

Bienestar Físico
En el nivel físico, lo ideal sería estar libre de enfermedades o lesiones, por ende, el plan ha de estar dirigido a la prevención de la enfermedad y al cuidado personal de esta estructura que nos sostiene como es nuestro cuerpo. Y al mismo tiempo, estar atentos para que en esos momentos que pueden aparecer crisis de salud, podamos lidiar exitosamente con ellas. En procura de este bienestar nuestra estrategia debe abarcar:
* La manera como nos alimentamos.
No es un secreto que la mayoría de las enfermedades vienen asociadas al estilo de nuestra alimentación y en este proceso de hacernos cargo de nosotros mismos, vale la pena reflexionar y preguntarnos ¿Cuál es la frecuencia y qué solemos comer típicamente en un día? ¿Qué entendemos por una buena nutrición y qué podemos hacer para mejorar lo que comemos?
Una buena alimentación requiere estar pendientes y tener una disciplina tanto de lo que se come, como de la cantidad y la frecuencia con que se come. Para algunos esto significa comer más, mientras que para otros comer menos o comer alimentos diferentes. El mantenimiento del peso y la prevención de la pérdida de masa corporal, promueven la salud general y la capacidad del organismo para combatir la enfermedad.
* Dedicar tiempo para el ejercicio
Hay muchas razones por las cuales el ejercicio es bueno para nosotros, desde ayudarnos a que los músculos y huesos se mantengan fuertes hasta mejorar el funcionamiento del corazón, los pulmones y el cerebro. A pesar de saber esto muchas personas se mantienen en un absoluto sedentarismo. Sobre este aspecto nos toca preguntarnos ¿Qué tanto dedico a hacer ejercicios? ¿Qué puedo hacer para iniciar una rutina de ejercicios o mejorar la clase y la cantidad de ejercicio que hago cada día? No necesariamente hay que estar en un gimnasio, si bien a algunas personas les encanta y pueden ir a un gimnasio, basta con por lo menos dedicarse a caminar rutinariamente unos cuantos minutos al día.
* Un espacio para la relajación y el descanso
Para ese proceso de estar más en contacto con uno mismo, de darse el tiempo para sentir el cuerpo, la respiración, el contacto con los recursos en general, en la agenda de ese proceso de gerenciarse a sí mismos, puede incluirse el practicar frecuentemente técnicas de meditación y relajación. El contacto cotidiano, habitual, íntimo, con el yo interior, con la esencia de la persona. Incluir en la medida de lo posible recibir un masaje, descansar en un jacuzzi y por supuesto, tener todos los días un sueño con las horas y la calidad que garantice el descanso y permita al organismo la recuperación total. Pregúntese a usted mismo ¿Duermo lo suficiente cada noche? ¿Tengo un espacio para estar conmigo mismo? ¿Le doy a mi cuerpo la atención y el descanso que se merece?


Bienestar Emocional
El aspecto emocional y psicológico es uno de los más importantes en la búsqueda de una buena calidad de vida. Algunas preguntas que podemos hacernos son: ¿Cuál es el nivel de estrés al que nos enfrentamos cotidianamente? ¿Cómo hacemos lo que hacemos? ¿Qué es lo que vemos, leemos y conversamos rutinariamente? ¿Qué cosas ocupan la mayor parte nuestros pensamientos? ¿Cómo actuamos o reaccionamos ante nuestras emociones? ¿Cómo están mis relaciones con mi familia, con mi pareja, con mis amigos? ¿Podemos identificar las cosas que nos causan estrés y hacer algo para eliminarlas de nuestra vida? Esto nos hará reflexionar y en consecuencia tomar las acciones pertinentes por nosotros mismos o, de ser necesario buscar apoyo terapéutico u orientación, para el mejor manejo del Estrés, para tener una mente activa y alerta, para aprender a canalizar nuestros pensamientos y creencias limitadoras y perturbadoras, para ocuparnos en lugar de preocuparnos. En otras palabras es desarrollar un plan que nos permita el mayor control sobre nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos. Un plan que abarque aprender a expresar nuestros sentimientos y emociones en formas adecuadas, a controlar la impulsividad y pensar antes de actuar, a concentrarnos y sacar ventaja de los aspectos positivos que nos da la vida y a dirigir adecuadamente aquellos que no son tan positivos, pero que igual son parte del precio o inversión que hacemos por sencillamente estar vivos y ser parte de una sociedad.

Bienestar Espiritual
El término espiritual va a estar muy en consonancia con las creencias y elecciones espirituales de cada quien, entendiéndose como un sentido de armonía interna que incluye la relación con el propio ser, con los otros, con el orden natural, con Dios o un poder superior. Por lo tanto el camino que decida seguir cada persona para explorar su bienestar espiritual es algo único y muy personal. Espiritualidad no es necesariamente religión. Lo que importa no es cuáles sean nuestras elecciones espirituales, sino que podamos incluir en nuestro plan de vida una manera de vivirla en sintonía con nuestras creencias y convicciones, con la capacidad y la disposición de experimentar amor, disfrutar paz y un sentido de autorrealización.

Bienestar Social
Por último, tratándose de que como seres humanos vivimos en un mundo de relaciones, no es posible pensar en Calidad de Vida y Bienestar General sin considerar de una manera muy especial el tipo de contacto social que vivimos. Es reflexionar con quiénes mantenemos relaciones y cómo son tales relaciones. Algunas preguntas válidas pueden ser ¿Dedico tiempo a las personas que amo? ¿Me siento parte de algún grupo en especial? ¿Suelo compartir con amigos, salir con ellos, reír, disfrutar su compañía? ¿Qué hago cuando estoy de vacaciones? ¿Cómo y con quién comparto mí tiempo libre? ¿Me gusta y disfruto mi trabajo? Un plan dirigido al mejor estado de bienestar social, debe considerar una adecuada relación con su entorno inmediato como es la pareja, los hijos, los padres y hermanos. Un tiempo para compartir con amigos. Una sana escogencia de las relaciones. Aunque parezca trillado el dicho “dime con quien andas y te diré quien eres”, la verdad es que las personas con las que compartimos suelen contagiarnos su entusiasmo o desánimo, su optimismo o pesimismo, su empuje al éxito o su parálisis. De manera que en esta selección no es que se trate de ser discriminativo, sino realistas y dispuestos. Lo que sí implica, es que es importante desarrollar relaciones significativas que incluyan la posibilidad de dar y recibir apoyo.

NO ESTAMOS SOLOS
Hacerse responsable de nuestro bienestar no significa que tenemos que ser autosuficientes. De hecho, siguiendo la analogía gerencial, no existe el gerente autosuficiente ya que precisamente una de las habilidades gerenciales está en saber apoyarse en los otros. Por ende, la responsabilidad también nos lleva a entender que existen muchas maneras de ayudarnos y usar de esa ayuda todo lo que esté a nuestro alcance. Y en ese procurar el bienestar y una mejor calidad de vida lo importante es saber cómo y cuándo buscar la ayuda, bien sea del médico, del nutricionista, del coach, del asesor psicológico o de las distintas disciplinas alternativas que ven al ser humano como un todo: mente-cuerpo, espíritu-materia en relación con su entorno.
En todo caso, lo importante es siempre tener presente que la responsabilidad no es del que suministrará el apoyo o la ayuda necesaria, sino que eres tu mismo el que ha de escoger y encaminar la ruta de tu destino para encontrarte con tu felicidad y la plenitud global que mereces. Tu puedes Hacer que Suceda (H.Q.S.)
Gerardo Velásquez


QUERER Y ELEGIR Vs. ESTAR OBLIGADO



Reflexionando sobre el tono emocional y lenguaje que utilizamos cuando nos referimos a las cosas que hacemos, estudios, trabajo, relaciones, etc. podemos con facilidad darnos cuenta que el mismo suele expresarse con verbos y adjetivos asociados a deberes, obligaciones y prohibiciones, que parecieran dejar como un hecho que las cosas que hacemos o dejamos de hacer siempre nos vienen impuestas y por eso lo hacemos, o nos son prohibidas y por eso no las hacemos.
En mi opinión esto es una consecuencia del aprendizaje y las creencias que vamos adoptando como verdades en nuestras vidas. Entonces nos expresamos con afirmaciones como “es que tengo que trabajar”, “es que debo criar y educar a mis hijos”, “es que no puedo dejar de ver a mi madre los fines de semana”, “es que tengo tal o cuales obligaciones…” y así un sinnúmero de maneras de expresar las cosas que definitivamente hacen entender que CASI TODO lo que hacemos pareciera ser por obligación.
Cuando buscamos el significado de la palabra obligación, vamos a encontrar, entre otras, definiciones como: Imposición o exigencia moral que debe regir la voluntad libre; Vínculo que sujeta a hacer o abstenerse de hacer algo, establecido por precepto de ley, por voluntario otorgamiento o por derivación recta de ciertos actos; Correspondencia que alguien debe tener y manifestar al beneficio que ha recibido de otra persona; Carga, miramiento, reserva o incumbencia inherentes al estado, a la dignidad o a la condición de una persona.
En estas definiciones me permito resaltar palabras o expresiones como imposición, vínculo que sujeta, deber, carga. Palabras y expresiones que suelen por sí solas generar indisposición y desagrado con las cosas que enfrentamos en nuestra vida.

¿A quién le gusta hacer las cosas obligado?
Por supuesto sería difícil creer que las cosas que hacemos por obligación se van a disfrutar como aquellas que hacemos porque queremos. ¿Y es que realmente son obligaciones?. Si empezamos por cuestionar eso, podemos preguntarnos: ¿Es verdad que yo estoy obligado a criar o educar a mis hijos?, ¿Es verdad que yo tengo la obligación de estar en este trabajo?, ¿Es verdad que tengo que comprarle un regalo a una persona porque cumple años o por cualquier otro motivo?, ¿Es verdad que yo no puedo irme ahora de mi casa?, ¿Es verdad que yo no puedo realizar una u otra actividad, cualquiera sea ésta? Por supuesto que si evaluamos lo que hacemos o dejamos de hacer, pues seguramente, en muchas de esas cosas vamos a afirmar que lo hacemos porque no nos queda otra alternativa o por evitar las consecuencias de ese hacer o no hacer. Pero dándonos el permiso de reflexionar un poco más, nos podemos fácilmente dar cuenta que no existe tal obligación y que son decisiones que tomamos.

El aprendizaje que nos deja la niñez
La sola palabra obligación, inconscientemente se ha instalado en nosotros con cierto displacer. Desde mi juicio precisamente porque, de niños es lo que estamos escuchando constantemente. Como parte del proceso de crecimiento y la falta de entendimiento y madurez, propios de la niñez, vamos creciendo prácticamente odiando las obligaciones. El placer es lo que llama mi atención de niño y si lo tengo sin esfuerzo alguno pues será muy agradable y divertido. De niño no se distinguir lo que me conviene o no me conviene y por lo tanto en ese proceso de aprendizaje me obligan a comer, a bañarme, a cepillarme los dientes, a estudiar, a hacer las tareas, a acostarme temprano, etc. etc. Ante ese bombardeo de obligaciones, es normal que se vaya generando un rechazo a todo lo que resulte obligado. El problema se va a seguir presentando si una vez adultos seguimos pensando que las obligaciones guían nuestras vidas, en lugar de aceptar que son nuestras decisiones las que nos van a mantener haciendo lo que hacemos.

Las creencias y el miedo
Si bien es cierto que existen leyes y dentro de ellas obligaciones y prohibiciones, casi todo lo que realizamos o dejamos de realizar, va más en sintonía con nuestros deseos, criterios, principios y valores, y generalmente encausados dentro de un marco de creencias, que todos poseemos y que desde mi juicio representan el motor que nos impulsa o el obstáculo que nos frena. Sólo imaginemos que tenemos la creencia que apoyar y educar a los hijos es un sacrificio que debemos cumplir. ¿Cuánta carga lleva consigo solamente esa palabra sacrificio? Y esa misma carga la vamos a trasladar a nuestros hijos, cuando la realidad es que tal crianza y educación suele realizarse sencillamente por el amor que les tenemos y el gran deseo de verlos crecer sanos, bien encaminados y preparados para cuando les toque dirigir por si mismos sus vidas.
Así también vamos a encontrar creencias sobre la familia y las amistades como “hay que darlo todo por la unión de la familia”, o insertadas en los “deberías” como “siempre debes ayudar al que está en problemas”. Estas últimas, aunque puedan parecer muy sanas, no necesariamente lo son, puesto que no “siempre” por diferentes circunstancias podremos, estaremos en la disposición o realmente vamos a querer hacer algo por otro, independientemente de la relación o vínculo que nos una a esa persona. Y desde luego, también anclado a esas creencias, está el miedo de lo que pueda ocurrir si dejamos de hacer algo, de lo que van a pensar de nosotros, lo que puede suceder si mañana necesitáramos de los otros, de que no me amen, de que me abandonen y muchos miedos que ni siquiera nos detenemos a evaluar y que suelen ser de consecuencias improbables y exageradas.

Revisemos el para qué hacemos lo que hacemos
¿Qué tan convencidos estamos en que lo que hacemos tiene sentido? Cuando el propósito de lo que hacemos no es estimulante lo vamos a procesar como una obligación. Como cuando hacemos lo que hacemos para que alguien se sienta bien pero que es algo que preferiríamos no hacer, por ejemplo pasar la navidad con mis padres cuando preferiría quedarme sólo con mi pareja, ir de vacaciones al mismo lugar para evitar molestias de mi pareja o de mi familia, o el simple hecho de “tener” que llamar frecuentemente a un pariente para que no me reclame que no lo llamo. Por simples que estas cosas puedan parecer terminaremos odiando eso que hacemos.
Hay por supuesto otras acciones más complejas, como lo que hacemos para vivir o con quien vivimos. Solo imaginemos la carga que representa sentir como obligación el trabajo, el mantener un matrimonio, educar a los hijos. Cuando en realidad en la mayoría de los casos lo hacemos porque hemos decidido hacerlo y punto. Sabemos que hay padres y madres que abandonan a sus hijos. ¿Estaría usted dispuesto a regalar los suyos? Sabemos que hay personas que nunca han trabajado y viven de la limosna o lucrándose de actividades ilícitas. ¿Estaría usted dispuesto a vivir de la limosna o asumir bajo sus principios, valores y riesgo una actividad ilícita para su sustento? 

Prestando atención al lenguaje
Bajo el pensamiento de la obligación, nos vamos cargando de resentimiento, frustración, poco respeto  hacia nosotros mismos y hacia los demás, limitamos nuestro derecho de decir “no” y golpeamos nuestra autoestima. Por ello es necesario estar alertas sobre todo con nuestro lenguaje, que es el que más fácilmente nos va a delatar. Vamos a revisar y cada vez que nos encontramos afirmando “yo debo…”, “yo tengo que…”, vale la pena preguntarnos ¿tengo o quiero?, ¿qué pasaría si no lo hago?, ¿es realmente una obligación o es mi elección? Se trata definitivamente de reflexionar sobre esas cosas que hemos creído que hacemos por obligación y con estas simples preguntas podemos precisar, reconocer y corregir si lo que hago:
.- Lo hago porque lo quiero hacer, entonces le quito la carga emocional y el peso de sentirme obligado a…, porque cuando soy consciente de que elijo hacer lo que hago, le doy sentido el esfuerzo y al tiempo que invierto en ello, y por ende, no importa lo tedioso que pueda ser, podrá resultar estimulante.
.- Lo hago porque siempre creí que debía hacerlo y nunca lo cuestioné, sino que lo acepté, aún con el sentimiento de la obligación, pero que si dejara de hacerlo NO pasaría nada.
.- No lo quiero hacer, pero tengo miedo de lo que pudiera pasar si dejara de hacerlo, en cuyo caso, es más importante ocuparme del miedo y enfrentarlo que vivir con esa carga emocional.

Salvo los aspectos legales y sus consecuencias, que en todo caso serían las razones para hacer o no hacer algo, nadie está obligado a hacer lo que no quiere hacer. Es importante ser conscientes de que siempre nos queda otra opción para elegir hacer algo diferente y somos libres de elegir esa otra opción.

Gerardo Velásquez

EL DIVORCIO Y LOS HIJOS

Salvo excepciones muy puntuales, las personas que contraen matrimonio o deciden vivir juntas, lo hacen con la intención de desarrollar un proyecto de vida juntos y pensando en el “para siempre”. Sin embargo en el camino las cosas cambian y muchos terminan divorciándose.
Las razones que conllevan a estas separaciones suelen variar, aunque en el fondo la razón al final del camino se traduce en el desamor de una o ambas partes. Desamor que no se presenta de un día para otro, sino que generalmente viene con un proceso de deterioro que por una o varias razones los miembros de la pareja han dejado avanzar. Razones que van desde la rutina, el descuido pasional, las peleas, maltratos físicos o verbales, infidelidades y hasta intromisión constante de los padres a quienes no se les ha puesto límites.
Lamentablemente, en la mayoría de los casos cuando se llega al divorcio, uno de los dos se mantiene aferrado a la negación de que la separación nunca va a ocurrir y que “las cosas pueden cambiar”, lo que suele generar que el proceso se haga más traumático de lo que ya en definitiva es.

EL PROCESO DEL DUELO
Un divorcio es uno de los duelos más difíciles de elaborar, por supuesto más duro para el miembro de la pareja que no quiere separarse, bien sea por amor, por inseguridad, creencias o baja autoestima. Por ende, en aras de evitar el contacto con ese gran dolor que conlleva enfrentar tan importante pérdida, se anclan en falsas esperanzas de que las cosas pueden cambiar y muchas veces duran hasta años en relaciones tormentosas, que están muy distantes de lo que originalmente tenían en mente acerca del proyecto del matrimonio.
Una vez aceptada la separación han de pasar por un ciclo de emociones encontradas donde surge mucha rabia, culpas y por supuesto la tristeza. Emociones que suelen mezclarse con síntomas propios de una depresión, como el llanto frecuente, el desgano y apatía, problemas de alimentación, dificultad para dormir y un gran sentimiento de desesperación y angustia de sólo pensar que ese dolor no va a terminar.
Afortunadamente, ese duelo va a ir pasando con el tiempo, más o menos rápido dependiendo de la fortaleza emocional y/o ayuda que se pueda recibir.
Sin embargo, aunque pudiera parecerlo, el duelo no es el problema mayor, sino la manera como se va a abordar la vida en los meses y años posteriores al divorcio, sobre todo cuando el matrimonio ha durado muchos años o cuando hay hijos en él.

LAS CONSECUENCIAS EN LOS HIJOS:
Si bien es muy doloroso y traumático este proceso para los miembros de la pareja y en mayor grado para quien no quiere aceptarlo o sigue muy enamorado, los más afectados son siempre los hijos, no importa la edad que tengan, quienes difícilmente van a entender las razones de la separación. Por ello
los hijos deben ser tenidos muy en cuenta cuando se va a tomar la decisión y aún más en la vida posterior al divorcio.
En estas consecuencias vamos a encontrar, por supuesto, algunos de carácter emocional y otros de índole social, que se van a mezclar para hacer más vulnerable al niño en este proceso.

En los aspectos emocionales va a influir la edad y las características propias del niño y el hogar.  Así, en los primeros años, más o menos hasta la edad preescolar pueden aparecer sentimientos de culpa, imaginándose que su mal comportamiento, no hacer las tareas o no comerse la comida por ejemplo, fueron las causas de las peleas. También suelen aparecer grandes temores a ser abandonados. En la edad de la primaria captan más fácil que tienen un serio problema pero que no saben cómo resolver o reaccionar ante el dolor y suelen mantener una gran esperanza de que los padres se pueden unir de nuevo, y actúan forzando ese reencuentro, muchas veces con grandes sentimientos de frustración por no lograrlo. Por último, los adolescentes pueden experimentar rebeldía, miedo, aislamiento y también culpa.

En lo concerniente al impacto social, podemos citar como relevantes cuando por razones económicas, laborales u otros factores, ocurre un cambio de residencia y por ende de escuela y amigos; La decisión forzada a permanecer y convivir con la madre o el padre, o con algún otro miembro de la familia; el distanciamiento que a veces ocurre con el padre y por supuesto, la aparición de parejas nuevas en los padres.

Por supuesto la combinación de estos aspectos emocionales y sociales pueden derivar en una serie de efectos negativos en el niño que se van a manifestar tanto en el colegio como en la casa, como el desarrollo de una baja autoestima, bajo rendimiento académico, dificultades sociales, problemas de comportamiento, miedos irracionales.

ERRORES COMUNES
No importa cuán grande sea la rabia que se pueda sentir contra la ex-pareja, los hijos no tienen que verse inmiscuidos en los resentimientos de sus padres.
Sabemos que es muy duro para un niño digerir la amarga realidad de que uno de sus padres ya no estará más en casa, y que, ahora tiene que conformarse con momentos limitados para compartir con el padre que ha de dejar la casa. De manera, que ya el hijo tiene en su cabeza su propio problema, que por supuesto No se lo creó a sí mismo y que No tiene idea de cómo manejarlo. Si a eso le sumamos un mal proceder de los padres, quienes son los adultos y responsables de la situación, dejamos al niño con un inmenso conflicto que le puede traer consecuencias muy negativas en su normal desarrollo emocional.
Es común que un divorcio conlleve a cierta hostilidad entre los padres y cuando esa hostilidad persiste, sin darse cuenta la empiezan a trasladar a los hijos.
Con el desconocimiento del impacto de sus acciones sobre los hijos, entonces muchos padres incurren en errores como:
  • Compartir con los hijos la rabia hacia el otro progenitor, generalmente hablándole mal del otro.
  • Utilizarlos como mensajeros en lugar de mantener una comunicación directa con su ex-pareja
  • No atender sus responsabilidades para molestar a su ex-pareja
  • Fallar en las necesidades de los hijos por estar demasiado ocupados en sus propias necesidades.
  • Dejar en la madre la mayor responsabilidad sobre el cumplimiento de normas y la fijación de los límites, que en oportunidades pone a los niños rebeldes y oposicionistas ante los requerimientos en casa y colegio

ANTES Y DESPUÉS
Si es un hecho la separación, es necesario entender que los hijos van a vivir también dos procesos, su propio duelo y el cambio irreversible en su nueva vida. De cómo sea llevado ese antes y después por ambos padres, va a depender un sano o traumático andar para los hijos.
No soy de la opinión que los hijos de padres divorciados están condenados a sufrir de problemas emocionales o asociados. En otras palabras, aunque evidentemente el divorcio aumenta esa vulnerabilidad, lo preponderante va a ser cómo los padres van a comportarse y actuar respecto a los hijos, independientemente de las diferencias que los llevaron a su separación.

Hablarles directamente
Al momento que estén decididos, aunque esta decisión sea unilateral, hay que hablar con los hijos y dejar claro que, primero que nada ellos no tienen culpa alguna en lo que está ocurriendo, destacando que son problemas que ellos no pudieron resolver y han decidido que lo mejor es la separación y en segundo y no menos importante lugar, aclarar, que independientemente de la decisión, ambos seguirán siendo sus padres y seguirán queriéndolos, sin importar que no van a seguir viviendo juntos

Se les ha de especificar que el divorcio es un cambio y que aunque las cosas de alguna manera serán diferentes, no significa que ahora serán malas, sino sólo diferentes y que los cambios también brindan nuevas oportunidades.

LA CONGRUENCIA POSTERIOR
Por supuesto estos mensajes no serán suficientes si no se acompañan con las acciones respectivas. Hay que actuar congruentemente con lo que se está trasmitiendo.
Lo ideal será que la función parental sea compartida por ambos padres, de lo contrario causará ambivalencia en los hijos. Si el ambiente que rodea al niño es favorable, es decir que sus padres pueden ejercer juntos la paternidad, muestran un comportamiento consistente frente al niño y evitan discusiones frente a éstos, los hijos lograrán adaptarse bien al divorcio. Por el contrario, si fallamos en las promesas, en el contacto afectivo, o peor aún no logramos solventar la rabia y resentimiento hacia el otro, aún sin querer, trasladaremos esos sentimientos a los hijos.

Para terminar es importante entonces recordar que, nadie piensa que se va a divorciar cuando decide casarse. Mucho menos que va a tener hijos para hacerlos pasar por ese dolor, pero la realidad es otra y muchas veces ese proyecto llega a un prematuro fin y los hijos son absolutamente inocentes, pero pueden ser los más afectados. Por ende, hay que recordar que si hay o hubo problema es con su pareja y no con sus hijos y si no hay más remedio que el divorcio, siempre será preferible una separación amistosa que una conflictiva, por el bienestar y seguridad de los hijos.

Gerardo Velásquez